Más compasivos, menos empáticos

Más compasivos, menos empáticos

JOSÉ MARÍA ROMERA

El arrollador prestigio de la empatía en la escala de los valores modernos hace difícil poner objeciones a un concepto que ya no puede faltar ni en una programación pedagógica ni en una declaración de principios políticos que se precie. Hay que ser empáticos, reza la consigna. Hay que saber colocarse en el lugar del otro, entender sus motivos y, sobre todo, hacérselo notar para que sienta nuestro calor. Que luego esta noble disposición sirva para solucionarle los problemas al afligido, quizá ya sea pedir demasiado. Lo importante es que, con independencia de sus efectos prácticos, la capacidad de empatía se ha convertido en un complemento imprescindible en la indumentaria moral del sujeto moderno. Y es bueno que suceda. Pero no hasta el punto de que la empatía ocupe el lugar de otras virtudes que también tienen que ver con el encuentro con el otro, el entendimiento y la solidaridad, y no pocas veces de manera más efectiva.

Es lo que ocurre con la compasión, definida por el diccionario académico como un simple sentimiento «de pena, de ternura y de identificación con los males de alguien». Al tratar de distinguir entre compasión y empatía (e incluso simpatía, prima hermana de ambas) tropezamos con un escollo semántico considerable, el provocado por su afinidad etimológica. Y no puede decirse esta vez que el diccionario despeje las dudas, pues describe la empatía como el «sentimiento de identificación con algo o con alguien» y, en segunda acepción, «capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos». No han andado muy finos los lexicógrafos al trazar las fronteras entre territorios, quizá porque en la práctica tampoco los hablantes afinan demasiado, como ocurre con todos los conceptos propicios a la impostura. No siempre, pero sucede a menudo que la empatía se disfraza de compasión fingida. Lo advierte Paul Bloom en su decidido alegato así titulado: 'Contra la empatía'. La empatía, nos dice, es virtud de vuelo corto, parroquiana, particularizadora; acierta a conmovernos ante el llanto de una criatura lastimada, pero no consigue elevarse hasta la tragedia de millares de niños que sufren hambre en el mundo. Es, además, selectiva en favor de aquello que se nos parece, de modo que proyectada sobre el reino animal prefiere fijarse en los mamíferos con mirada similar a la humana antes que las aves o los peces. En cambio la compasión, debido a su naturaleza reflexiva y racional, toma decisiones más justas. El ser compasivo no es el que cede al sesgo emocional de las primeras impresiones, sino quien pasa del afecto al análisis y de ahí a la acción. El filósofo Aurelio Arteta la vincula con la solidaridad dado que se trata, sostiene, de una «piedad para con todos» y no solo para con los más próximos. Nadie puede quedar excluido de ella, porque no hace distinción alguna entre sus méritos. «El único título que requiere», añade, «es la desgracia».

Pero no se nos oculta que la compasión arrastra la carga negativa de unas connotaciones que la vinculan con esa misericordia de raíces religiosas que mira al compadecido desde arriba, cuando en realidad es justamente lo contrario. Si en algo se sostiene la compasión es en la conciencia de la igualdad última de todas las personas. Es una especie de «hoy por ti, mañana por mí» que invita a la reciprocidad después de reconocer que todos estamos metidos en el mismo barco y sometidos a los mismos vaivenes aunque esta vez los débiles sean quienes tenemos delante o a nuestro lado. La empatía revela sensibilidad emocional; la compasión, conciencia moral. La empatía dura lo que dura el estímulo afectivo o la conmoción apesadumbrada; en cambio la compasión es duradera, se proyecta más allá del contacto directo con la causa que la provoca. La empatía nos hace sentirnos en el lugar del otro, pero con frecuencia solo como visitantes ocasionales; la compasión nos mantiene en nuestro lugar pero desafiándonos a compromisos de más largo alcance para los que precisamente el hecho de no haber abandonado ese lugar propio nos capacita con mayor garantía.

LA CITALeonardo da Vinci «Dos debilidades que se apoyan entre sí crean una fuerza»

No es una mala cualidad para un médico el hecho de mostrar empatía con sus pacientes, si bien estos preferirán por encima de todo que quien les atiende sea un buen profesional y se compadezca de ellos, es decir, los ponga en el primer plano de su actuación. Pero de todas las diferencias entre la empatía y la compasión que aconsejan inclinarse por esta última, la principal tal vez consista en la imparcialidad que acompaña a la compasión. En la mayoría de las situaciones de conflicto que engendran dolor, las llamadas a la empatía se circunscriben al bando propio. No solo eso, sino que el instinto empático tiende a engrandecer el tamaño del sufrimiento de los afines a cambio de minimizar el de los opuestos, cuando no de culparlos. La compasión (que se revela así como cualidad más civilizada, ecuánime y justa), por el contrario, mantiene la capacidad de identificar a los dolientes allá donde se encuentren y a atender a la desgracia ajena al margen de consideraciones particulares. Tal vez sea una buena razón para empezar a preocuparnos menos por ser empáticos y más por ser compasivos.

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