Comisión de las verdades

JUAN CARLOS VILORIA @J_CVILORIA

Quién está pilotando realmente la estrategia de mover los pilares de la Transición? Pedro Sánchez es un político tan relativista que no parece el jefe de obra adecuado para esa tarea. Una faena de demolición tan compleja y delicada requiere determinación y ofuscación estratégica. Es una tarea más apropiada para un Pablo Iglesias que ya nació a la política profesional llevando en su bagaje sentimental el peso de una de las dos Españas. Y portando en su ADN la misión de hacer oposición a un franquismo reinventado. En este gobierno de coalición subrepticia, a la hora de deconstruir la Transición, Sánchez pone la cara y el guía de Podemos diseña el plano.

El último golpe de efecto de los socios ha sido anunciar una Comisión de la Verdad sobre la guerra civil y el franquismo. Se acaban de festejar los primeros cien días de gobierno y la gestualidad más significativa se ha referido precisamente al pasado. Valle de los Caídos, momia de Franco, cementerio o memorial, destino de la Cruz monumental. Y el efecto emulación ya recorre la geografía nacional desde el Ferrol hasta Sevilla. Exhumaciones, resignificaciones, son las actividades más relevantes en esta primera fase. Sobre la marcha, el presidente ha cambiado el rumbo que tenía su partido inclinado a convertir Cuelgamuros en un lugar de reencuentro y concordia resignificando el lugar. De momento Sánchez ha optado por dejarlo en Camposanto. Pero a la vista del nivel de improvisación que se percibe en Moncloa es imposible saber en qué acabará esta performance. Es como si Pedro Sánchez se hubiera olvidado de que hace cuarenta años que no hay censura y que en este tiempo se han publicado más de quince mil libros sobre la guerra civil. Sin contar las películas, novelas, obras de teatro. Todas con el objetivo de decir la verdad. O su verdad. De contar lo que pasó en su pueblo, en su trinchera, en Madrid, en Gerona. Es decir, contar la historia como una suma de hechos, acontecimientos, registros, testimonios.

Zapatero devolvió los archivos de Salamanca a la Generalitat y, que yo sepa, desde entonces no nos han revelado ninguna verdad desconocida. El abrazo de la Transición no fue un pacto de silencio para tapar el pasado. Fue un compromiso nacional con la democracia y una renuncia a dedicar el futuro al ajuste de cuentas. Por eso creo que al final lo que se pretende desde la nueva mayoría no es tanto buscar una verdad sobre el pasado como estirar todo lo posible el fantasma del franquismo. Mientras parte de la opinión pública acepte que los otros son herederos del franquismo, la polarización está servida. Tener estigmatizadas a determinadas fuerzas políticas es un comodín político de primer orden. Y en España aún más. Porque simplifica la tarea política y hace inútiles razones y argumentos. Ya se sabe que el mejor amigo del populismo, es un buen enemigo.

 

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