COMBATE EN AGUAS DE MARBELLA

:: josele/
:: josele
CATALINA URBANEJA ORTIZ

NUESTRO litoral ha sido considerado históricamente la barrera que separaba los dos credos predominantes en el Antiguo Régimen: cristiandad e islam, cuyas alternancias dependían de los recursos que cada uno tuviera para dominar al otro y que, según Gil Sanjuán, generaron una sociedad de frontera bifurcada por la alianza de los pueblos que la habitaban.

En esta línea divisoria que discurre desde la desembocadura del río Guadiaro, en la provincia de Cádiz, hasta la del Almanzora, en Almería, se encuentra la costa marbellí cuya ensenada era, además de lugar intermedio para la travesía entre Gibraltar y Málaga, un activo puerto pesquero y punto de partida para quienes viajaban a África. Uno de estos viajeros fue Muhammad V quien, tras el golpe de estado de Ismail II en 1359, salió de Marbella para su destierro en el Magreb.

Fue esa frontera la que propició desde muy antiguo la piratería y el corso, un mal endémico que perduraría durante siglos y que no consiguieron eliminar ni la reglamentación de los Reyes Católicos, ni el reforzamiento de las torres del litoral efectuado por Felipe II en el último cuarto del siglo XVI, como tampoco los posteriores avances armamentísticos.

Corría el otoño de 1736 cuando tres navíos de la Orden de Malta, cuatro, según algunos autores -San Vicente, San Antonio, Comandante y San Juan-, salieron rumbo al Poniente del Mediterráneo para luchar contra los infieles, «que no cesan de infestarlas y perturbar sus comercios». En el cabo de Palos supieron que tres bajeles argelinos corseaban por el cabo de Gata, noticia que les incitó a retroceder hasta el Estrecho de Gibraltar y volver a entrar en el Mediterráneo donde los avistaron a poniente de cabo Molinos, a unas seis leguas de tierra. No lograron alcanzarlos porque «el tiempo era entonces muy bonancible y ya para anochecer».

Sobre la una de la tarde del día siguiente los encontraron en las cercanías de Marbella, «con su rota en popa» hacia el Estrecho, favorecidos por el viento del nordeste que soplaba «algo recio». Pese a las adversidades climatológicas y a que quedaban como a siete leguas de distancia, consiguieron acercarse y amenazarlos por medio de un cañonazo, aviso desatendido por los norteafricanos que prosiguieron la travesía sin identificarse ni enarbolar su pabellón. Ante la resistencia del enemigo, los malteses emprendieron una feroz persecución, aunque dos de los navíos la frenaron debido, nuevamente, a la proximidad de la noche. No hizo lo mismo el San Vicente que, más lejos de la costa y con la intención de conducirlos a ella, logró mantener su ruta hasta alcanzar a uno, «tirándoles toda su batería», amago al que respondieron los adversarios ondeando un pabellón turco. Los dos galeones rezagados maniobraron para evitar que los argelinos alcanzaran la costa, y se mantuvieron en guardia para que no escaparan «con el abrigo de la obscura noche, envuelta en densos nublados». El largo asedio tuvo un final feliz, aunque las embarcaciones sufrieron daños de consideración.

Como conclusión reseñaré que, el San Antonio apresó al Arangi, cuyo arráez era el renegado Agi Solimán Pantalabese; cautivaron a 187 turcos «vivos, no sabiéndose el número de muertos», y liberaron a 25 cristianos de diferentes nacionalidades, entre ellos dos de Málaga. La fragata San Vicente capturó a La Media Luna, comandada por el turco Rais Sullak, apresando a 194 turcos, «sin saber tampoco el número de muertos», quedando libres 28 cristianos, también de diversos países, más dos malagueños y un rondeño. Quedaron «amarrados cinco renegados».

Los malteses no sufrieron ninguna pérdida, salvo que seis marineros resultaron heridos y el caballero Concis se rompió un brazo «con la ocasión de haber ido al navío apresado del que cayó un palo». Finalizado el combate, pusieron rumbo a Málaga donde fueron recibidos con «general aplauso» y sus comandantes agasajados por el gobernador con suculentos manjares.

Los pormenores de esta batalla se encuentran en un opúsculo de apenas siete páginas titulado «Noticia individual del feliz combate que en las aguas de Marvella tuvieron tres navíos de la sagrada religión de San Juan, mandados por el teniente general cavallero comendador fray don Bartholomé Tomasi, la tarde y noche del día 6 de noviembre y mañana siguiente con tres bageles cosarios argelinos, mandados por el almirante de aquella regencia Agi Soliman Pantaleres, renegado. Año de 1736», dos de cuyos ejemplares custodia el archivo Histórico Nacional, coincidentes en el relato, aunque con ligeras diferencias en algunos pasajes.

A la luz de estos acontecimientos cabe preguntarse por el impacto que pudieron tener en Marbella; cómo reaccionó su vecindario ante la fiereza de la batalla y el estruendo de la artillería. Precisamente por ser una ciudad acostumbrada a ver las naves extranjeras fondeadas en su puerto para descargar el trigo con que abastecían al pósito durante las carestías.