Las ciudades y el cielo

ÁNGEL PÉREZ MORA

Las ciudades suceden donde gente y tierra interactúan y producen. Donde la tierra produce poco, donde no había nada ni nadie, viajaron unos y descubrieron el paisaje. Montañas y ríos determinan una geografía concreta sobre la tierra, más o menos accidentada. Después llegan otros que mientras miran la tierra, experimentan paisaje con su propia vista y luego, van y nos lo cuentan. Y nos cuentan lo que ven desde los libros como Plá, Robert Byron, Goytisolo, Llamazares, Muñoz Molina,... desde las salas de cine como el western americano, o desde los cuadros de muchos, una vez descubierto Cézanne.

De aquellas tierras yermas vino el paisaje a nosotros y de la mano de teóricos de lo urbano aprendimos a verlo en nuestras ciudades. Más adelante, empezamos a encontrar interés en nuestras construcciones industriales y belleza en los rincones más insospechados de nuestros barrios. Gracias a los desiertos, nuestras ciudades tienen paisaje. Gracias a los que nos enseñaron a mirar, aceptamos las grúas del puerto en su contraste contra el mar horizontal y hasta nos pueden resultan bellos los viaductos del AVE peleando con los meandros del río por recortar el valle del Guadalhorce.

En su día, la Alameda fue pensada como salón urbano con grandes árboles entre dos planos de casas atirantados. Después sufrió la dictadura del auto y el humillante papel de intercambiador de autobuses y ha sobrevivido aunque mantenga escasas fachadas dignas de tal nombre. Ahora se reinventa como lugar gracias al buen hacer de profesionales que nos dibujan líneas de colores como pentagramas sobre los que musicar al caminar, y recomponen el espacio abriendo ángulos entre kioscos y bancos, entre farolas y flores, desde los que poder inventar nuevas miradas.

Hoy desde calles anchas y llanas, como nuestra Alameda, podemos despegar los ojos del suelo que ata nuestros pasos y levantar la vista hacia arriba. Y si de esta ciudad vamos a otra vislumbraremos que el mismo cielo se siente distinto sobre Málaga o sobre Madrid, sobre Londres o sobre Lisboa. Pues aunque siempre miramos desde nuestros mismos pies, el cielo se nos abre desde el fondo de distintas calles y se recorta contra las cornisas de distintos edificios.

Más que el tiempo, nos cambia la mirada que nos enseñaron otros. Antes, siempre que llegaba a otra ciudad, contrastaba casas y fachadas con las que frecuentaba en mi barrio. Ahora, cuando viajo, me empleo a fondo para retener en mi retina el cielo de cada una: Lisboa desde San Jorge y Santa Lucía, Barcelona desde el Tibidabo, París desde el Sacré-Coeur, y desde los muelles de Copenhague el Báltico contra Malmoe. En todas ellas hay un cielo distinto que puja por prevalecer sobre los otros y como ya viaja siempre conmigo, viene a enriquecer aún más mi mirada al horizonte cuando, ya de vuelta, vuelvo a subir, otra vez, a Gibralfaro.