NO ES CIUDAD PARA VIEJOS

FRANCISCO MOYANO

Para evitar suposiciones, comenzaré explicando: el título de esta columna es una adaptación del utilizado por el escritor Cormac McCarthy para su novela 'No es país para viejos' (2005) que dio origen a una excelente película de los hermanos Coen (Joel y Ethan) un par de años más tarde y que supuso un Óscar al mejor actor de reparto para Javier Bardem. Hago la cita pormenorizada por si se pudiera dar el caso de ser acusado de plagio. Ser 'viejo' en Marbella, si no se posee una situación económica holgada, nunca ha sido fácil. Utilizo un término obsoleto, desterrado y suprimido en las reseñas oficiales ajustadas a la vigente corrección política. Los antiguos 'viejos', en un momento dado, pasaron a integrar la 'tercera edad'; con el paso de los años también se fue obviando la denominación y se habló entonces de 'personas mayores'. En los últimos tiempos se ha pasado simplemente a 'personas activas', término que pudiera considerarse cajón de sastre porque personas activas abarca una horquilla tan amplia que se despliega desde los primeros pasos hasta los cada vez más frecuentes centenarios. Pero referirse a los mayores como personas activas me parece acertado porque la inmensa mayoría tiende a mantenerse en plena actividad, no siempre por voluntad sino por imposiciones de las circunstancias familiares que hace que muchos abuelos y abuelas se dediquen casi a tiempo total a la crianza de sus nietos. No solamente en tiempos de crisis sino también en momentos de bonanza en el empleo, para posibilitar la vida laboral de los padres. No olvidemos que España es un país donde parece imposible conciliar las vidas familiar y laboral. Un amigo médico me asegura que, al margen de la voluntad personal, el mantenerse joven, aunque el carné de identidad señale ochenta y tantos o noventa largos, es una cuestión de la calidad de los genes y eso ni se compra ni se vende (de momento) sino que es una especie de gordo de la lotería. Muchos mayores, a pesar de todo, terminan siendo dependientes y, por diferentes circunstancias, no tienen otra opción diferente a la de ingresar en una residencia; ahí surge el problema cuando las percepciones económicas no permiten una instalación privada. Es lamentable que Marbella continúe sin contar con una residencia para mayores de carácter público. Los quince millones que la ciudad va a recibir, procedente de los fondos de la indemnización del caso 'Malaya', puede venir a cambiar la situación. Se encuentra abierta una consulta ciudadana para priorizar a qué asuntos se quiere dedicar ese dinero; el Ayuntamiento ha sugerido una lista de veinte proyectos, todos ellos de gran interés para el desarrollo inmediato de la ciudad. Todo hace presagiar que la construcción de una residencia para mayores gozará de la preferencia popular. Desde hace años se cuenta con el lugar para su instalación, e incluso un proyecto que se presentó en su momento. El Trapiche el Prado, con su correspondiente parcela, fue una donación finalista, es decir para un empleo concreto, por parte de Mateo Álvarez Gómez, su propietario, que lo había heredado de su padre, Fernando Álvarez Acosta. Además de la rehabilitación del edificio (ampliamente estudiado por la doctora Lucía Prieto Borrego) la familia Álvarez indicaba la ubicación de una residencia de ancianos. Lo más parecido a una institución de este tipo que ha existido en Marbella fue la residencia de ancianos de la Fundación Jaeger, dependiente de la Parroquia de Nuestra Señora de la Encarnación y que se mantuvo abierta desde mitad de los años sesenta hasta 1997. Durante todos esos años, al frente se mantuvo Maruja Espada, fallecida el doce de julio de 2008, habiendo sido reconocida su labor en 2006, por la Comisión Gestora que presidía Diego Martín Reyes a iniciativa de la Hermandad de Romeros de San Bernabé, cuyo hermano mayor en aquel tiempo era Antonio Rivas. Se colocó una placa conmemorativa en la fachada del templo parroquial. El origen de aquella residencia había sido una disposición testamentaria del ciudadano austríaco Sr. Jaeger. A mitad de los noventa, el Obispado de Málaga tuvo que plantearse si mantener abierta la residencia, muy deficitaria en medios e instalaciones, o construir el nuevo colegio Monseñor Rodrigo Bocanegra para albergar la ESO. Todos los informes con que contó el obispo don Antonio Dorado Soto, respaldaron el cierre de la residencia. Desde entonces no existe ninguna alternativa pública. Se abre la esperanza de que los millones de 'Malaya' terminen propiciando que, al fin, Marbella también sea 'ciudad para viejos'. Aunque sean personas activas.

 

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