La otra ciudad

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Otra ciudad es posible. Málaga lo ha demostrado reinventándose. El laboratorio político-social o social-político ha producido una ciudad convertida en moda y peregrinación turística. Eso, como no podía ser de otro modo, genera luces y sombras. Muchas luces y algunas sombras. La provincia también ha acompañado en esa reinvención. Al ahora ido Bendodo le caben muchas de esas luces y alguna mota penumbrosa. Si miramos a la Málaga de los inicios de la democracia, el balance, de la ciudad y de la provincia, es enormemente positivo. Si ahora debemos lidiar con los incordios de la moda y un centro plastificado en beneficio de terrazas que convierten las calles en desfiladeros o en un macro comedor al aire libre o semilibre, hace cuarenta años nos encontrábamos con una ciudad esquelética, desnutrida, mucho más desarticulada, caótica y dulcemente encanallada que la de hoy.

Nos queda aún una amplia herencia de esa desarticulación, un cauce de río que parte la ciudad en dos y que incomprensiblemente se manifiesta año tras año y lustro tras lustro como una herida abierta que los políticos se ven incapaces de cerrar y no digamos ya de transformar en logros como los de Valencia o Almería. La herencia de esa Málaga rota no solo es asunto de los políticos, hay un cuerpo social que se siente atado a la nostalgia, a cualquier vestigio del pasado. Curiosamente, muchos de esos nostálgicos son hijos de la progresía, gente que de un modo o de otro vivió o sufrió las consecuencias de la barbarie urbanística a la que fue sometida esta ciudad en los peores años de la especulación franquista y que, vacunada contra ese salvajismo urbano, reacciona tratando de conservarlo todo, tenga el valor que tenga. Un vade retro interiorizado, tal como se vio cuando los representantes de Izquierda Unida amagaron con encadenarse a la cochambre de El Bulto para que no fueran demolidos aquellos miserables corralones que representaban la explotación obrera y que no tenían otro interés arquitectónico que el de la propia miseria.

Apenas un peldaño por encima de aquella ruina está La Mundial. Frente a esa representación de una arquitectura común y de muy poca solvencia estética o histórica ha existido una dura oposición a que Rafael Moneo levantara un edificio y dignificara la zona. Que el galardonado con el premio Pritzker, equivalente al Nobel de arquitectura, sea un ejemplo de adaptabilidad al medio en el que trabaja o que Hoyos de Esparteros quede completamente remozado y los nostálgicos tengan su réplica de la famosa pensión importa poco. Por lo visto habría que conservar ese desbarajuste urbanístico que no nos revela nada de nuestra historia ni tienen ningún valor artístico simplemente porque ha acumulado decenios a su espalda. Finalmente se ha impuesto la cordura. Habrá heridas morales, personas que en su legítimo derecho se encadenen simbólica o verbalmente a la nostalgia conservadora, pero cuando esa melancolía pase, cuando ese espacio sea una realidad y la otra ciudad, la ciudad posible, dé un nuevo paso, todos, aunque sea por lo bajo, lo agradeceremos.