Cinco propuestas para una reforma sanitaria

Los médicos deben volver a ser clínicos y no técnicos del sistema. La medicina la han convertido en una especie de ITV con la que no están satisfechos ni los pacientes ni los médicos

Federico Soriguer
FEDERICO SORIGUERMédico. Miembro de la Academia Malagueña de Ciencias

Los españoles estábamos orgullosos de nuestro sistema sanitario. Y esta conjugación en pasado del verbo estar lo dice todo. La crisis, y su lenta salida, se está llevado por delante el prestigio de la 'joya de la corona', nuestra mejor tarjeta de presentación en el extranjero, sin que nadie, al parecer, se atreva a ponerle el cascabel al gato.

En estas líneas renunciamos al análisis crítico en el que tanta y tan sesuda gente están empeñadas, para pasar directamente a hacer algunas propuestas de solución. Primera: el Ministerio de Sanidad y Consumo, tal como está en este momento, podría, perfectamente, suprimirse. La descentralización sanitaria iniciada antes de promulgar la Ley General de Sanidad de 1986 y sancionada por esta ha sido positiva en muchos aspectos pero es la hora de hacerle al sistema sanitario autonómico 'la autocrítica'. ¿Se imaginan ustedes qué hubiera sido del sistema MIR, del programa de trasplantes español (ONT) o de la Agencia Española de Medicamentos (AEM) de haber existido 17 sistemas MIR, ONT o 17 AEM? No, no cuesta demasiado imaginarlo. Baste ver, por ejemplo, los 17 calendarios vacunales, los 17 programas distintos de detección precoz de los de errores congénitos del metabolismo o los hasta 500 euros de diferencia dedicados por persona en sanidad en función de la CC AA en la que vivas. No proponemos suprimir el Ministerio de Sanidad pero tiene que garantizar la equidad del sistema (similares inversiones entre CC AA) y su eficiencia (por ejemplo, en cuestiones como la compra de alta tecnología en donde la escala importa).

Segunda: Hay que invertir en prevención secundaria. Hasta ahora el sistema sanitario ha mantenido la retórica de la prevención primaria, lo que ha llevado a la inclusión de la 'salud' misma en la cartera de servicios de todos los «servicios de salud» (sic). Pero la prevención primaria de la salud no es un asunto del sistema sanitario. Lo es de los ministerios de Economía, Educación, Transportes, Agricultura, Industria o Medio Ambiente y aquí un largo etcétera. Son sus políticas las que afectan a la prevención primaria y no las del Ministerio de Sanidad. La función del sistema sanitario, hoy, es la prevención secundaria, que es sobre todo la prevención de las complicaciones y reagudizaciones de los enfermos. Y esto se consigue aumentando la calidad de la atención a los enfermos crónicos, que son hoy la mayoría de los pacientes que necesitan atención médica. Evitar la amputación del pie de una persona con diabetes o el reingreso de una con EPOC, por poner solo dos ejemplos, hace rentable cualquier inversión en la calidad de la atención a esta personas.

Tercera: los médicos y el resto del personal sanitario deben personalizar más la atención a los pacientes. Todo lo contrario de lo que se hace en este momento. La obsesión del sistema por los objetivos cuantitativos ha llevado a los médicos y a las enfermeras a una carrera por quién se quita de encima antes al paciente. Los pacientes se han convertido en una pelota de un partido de ping pong entre primaria y especializada y entre especialistas. Los pacientes tienen que tener un médico de referencia, de primaria y de especialidad que sea el que coordine toda la actividad clínica de los pacientes, sean o no plurisintomáticos. Es decir, los médicos deben volver a ser clínicos y no técnicos del sistema. La medicina la han convertido en una especie de ITV con la que no están satisfechos ni los pacientes ni los médicos. Una ITV, además, claramente ineficiente. Hay que cambiar de registro. Hay que estimular la personalización de la medicina. Nada que ver, por cierto, con la medicina personalizada, esa en la que se tienen puestas todas las esperanzas. Hay numerosos ejemplos, aunque aislados, dentro del sistema de que esta personalización es posible y muy eficiente.

Cuarta: Hay que fomentar la dedicación de los profesionales. No hablo de dedicación exclusiva, sino de motivación. Aquella generación de médicos que trajeron el sistema sanitario público ha desaparecido ya prácticamente. Los nuevos profesionales están educados en otros valores. Hasta ahora todo el mundo reconoce que la precariedad del sistema durante la crisis ha sido sostenida por el voluntarismo de los profesionales. No es probable que a largo plazo esto sea suficiente. Es imprescindible para que las instituciones sanitarias públicas mantengan su prestigio recuperar la idea de servicio y de vocación médica al tiempo que se devuelve el protagonismo a los profesionales a través de la participación en los órganos adecuados de los centros sanitarios. Fomentar las comisiones asistenciales, las juntas facultativas, los grupos de trabajo, las sesiones clínicas, la investigación, la docencia, son poderosos instrumentos para estimular la dedicación y la vocación médica. Un sistema de calidad asistencial es la mejor de las motivaciones profesionales. La calidad a la manera clínica no a la manera de las agencias de calidad surgidas en todos los dominios sanitarios y que tanto han contribuido a la burocratización y desprestigio de la vida profesional. Una verdadera lacra que habría que erradicar.

Quinta: por supuesto que será necesario aumentar la financiación del sistema. Durante la crisis se han detraído de la partida sanitaria entre 8.000 y 10.000 millones de euros, según las distintas fuentes. Pero con la recuperación económica deben introducirse medidas radicales, algunas de ellas arriba resumidas, que por cierto no cuestan dinero. Por último, es imprescindible un acuerdo de mínimos entre las fuerzas políticas que permita la continuidad en el tiempo de las iniciativas. Un sistema público sanitario por definición es un sistema siempre en tensión, en el que la demanda irá siempre por delante de la oferta, pues la salud es un desiderátum que como la felicidad es imposible de satisfacer en todos sus términos. Los responsables políticos deberían gestionar de manera prudente y sensata la demanda. Y es aquí en este punto donde vemos la mayor de las dificultades para cualquier reforma, pues exigiría un cierto grado de despolitización del sistema sanitario.