Ciencia ficción

JUAN FRANCISCO FERRÉ

Con la nueva política de privacidad hemos conseguido reducir esta aún más y ampliar la parte de nosotros que está expuesta al control de las agencias, el bombardeo publicitario incesante y la vigilancia policial. Todos debemos renunciar a una parte significativa de nuestras libertades y derechos con tal de satisfacer las demandas de unos poderes que no pueden tolerar ni un grado de opacidad en nuestras vidas. Vivimos bajo el imperativo de la transparencia y algún día ese ideal benigno se volverá mortal.

El futuro, como dicen los expertos, es distópico. Y no solo porque máquinas inteligentes vayan a gestionar la realidad con criterios selectivos. Los humanos nos estamos acostumbrando a ceder terreno ante el empuje de la competencia. Nos resignamos a formas de consumo y ocio cada vez más alienantes y luego nos quejamos de la invasión alienígena de los espacios domésticos por variedades agresivas de comercio o publicidad. La ecología de las relaciones humanas se encuentra más amenazada por las redes sociales de lo que los internautas reconocen. Falsa gente, como decía Dick, generada por falsas realidades, esa es la mejor definición del mundo actual. Estar conectado o no a lo que se produce en esos entornos cibernéticos marca diferencias entre usuarios más importantes que la ideología o los gustos de cada cual. Las páginas de contactos falsifican los datos para relacionar a personas que no se soportan en la vida real o proponen encuentros sexuales que nunca tendrán lugar. Todos los políticos son tuiteros compulsivos, pero Trump tuvo un gesto vanguardista hace unos meses al retuitear un mensaje elogioso escrito por un robot en una cuenta rusa. Para colmo, los mercados financieros han recuperado la confianza de los inversores gracias a que sus operadores más eficientes no son humanos.

La información falsa es el producto estrella de la cultura del simulacro. Los artículos simulados por algoritmos robóticos ya inundan la prensa digital. La tiranía de los datos masivos y sus veloces exégetas resulta mucho más efectiva como control político y económico que la violenta rigidez de un estado policial. No sabemos si la omnipresencia de la publicidad existe para hacer viable internet, o si las corporaciones financian el espejismo publicitario que nos permite navegar apartando la basura que nos asalta en todos los sitios que visitamos. El lujo de navegar sin coacciones comerciales se acabará pronto, como todos los privilegios que desaparecieron sin darnos tiempo a enunciar una queja razonable. Si nos descuidamos, cada vez habrá menos diferencias entre consumir obras de ciencia ficción y vivir en el mundo inhabitable que se diseña en el horizonte de la historia. De hecho, ya no sé quién escribe esto, si mi cerebro o un algoritmo, o si yo mismo he comenzado a adaptarme al medio y soy un robot. Es el camino del éxito.

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