Cien días sin tregua

DIEGO CARCEDO

El balance obligado de los cien primeros días del Gobierno de Pedro Sánchez ofrece pocas novedades: todas han sido conocidas y enjuiciadas hora a hora, en vivo y en directo, a veces incluso antes de producirse. No hubo la tregua tradicional que los sistemas democráticos suelen conceder a los nuevos ejecutivos para darles tiempo a organizarse, acomodarse a la situación heredada y echar a andar en la puesta en marcha de sus promesas electorales y ejecución de sus proyectos.

Fueron, como es habitual, cien días con luces y sombras salpicadas de sobresaltos. El nuevo Gobierno arrancó con ganas y a veces se pasó de frenada. Como era de prever, desde el primer día actuó condicionado por la precariedad parlamentaria con que cuenta que ahoga su voluntad al afrontar los problemas. Ninguno con solución fácil. El conflicto catalán nadie duda que va para largo y Pedro Sánchez, ante una incomprensión bastante generalizada, ha intentado relajarlo. Es muy pronto para cantar victoria, pero si bien es verdad que poco o nada ha mejorado, cuando menos tampoco ha empeorado y algunos atisbos de que vías susceptibles de recuperar el entendimiento se intuyen. Será difícil mientras la actuación judicial, que es insoslayable, no termine su trabajo, pero que esté reabierto el diálogo es algo. Otro asunto difícil es el de la inmigración irregular que el Gobierno no ha conseguido controlar. Estamos ante una cuestión imposible de afrontar en solitario.

Mientras Pedro Sánchez intensifica la negociación en el marco de la Unión Europea, en busca de un enfoque comunitario, el Ejecutivo ha tomado dos iniciativas polémicas si se contemplan por separado y expresivas en su conjunto: la admisión del 'Aquarius', además de ofrecer un ejemplo de humanidad, fue una medida tranquilizadora para las conciencias solidarias, lo mismo que la devolución en caliente de los asaltantes violentos de la valla de Ceuta mostró la firmeza de la autoridad.

Naturalmente que los cien días han dado mucho más de sí sobre todo si se revisan los titulares que han provocado en los medios. Lo más llamativo, y negativo, es la frecuencia con que el Gobierno y su presidente avanzaron propuestas que luego se verían obligados a rectificar o retirar. Lo mismo cabría decir de los casos de descoordinación, consecuencia sin duda de la precipitación, en que incurrieron algunos ministros.

Resumiendo, un pesimista resumirá su propensión a ver la botella medio vacía reconociendo que el Gobierno no rompió nada y un optimista en cambio reconocerá que su imagen, entusiasmo y a veces hasta osadía ha conseguido dar un vuelco a la adormecida vida política. Es la muestra elocuente de un relevo generacional que incluye a los demás partidos y a los tics que generan los conformismos que tanto encasquillan la libertad.

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