Las causas de la no investidura

Están a tiempo de entenderse, de pactar y, fundamentalmente, de respetar el resultado de las elecciones del pasado 28 de abril

JOSÉ CARLOS AGUILERA ESCOBARAbogado

La gran reforma política (1976) sobre la que se construyó en España la autopista de la transición a la democracia culminó en una 'verdadera obra de arte político': la Constitución Española de 1978. Ello fue posible gracias a que los partidos políticos de la transición y sus líderes no escatimaron esfuerzos para encontrar fórmulas de entendimiento sobre las que construir una convivencia política en libertad y sin exclusiones, lo que les obligó a renunciar a las estrechas visiones de partido, poco aceptables para la mayoría de los españoles, y a superar radicalismos y posiciones irreductibles.

La nueva clase política que emergió de las elecciones del 15 de junio de 1977 (UCD, 165 diputados, PSOE-PSC, 118; PCE-PSUC, 20; Alianza Popular, 16; Pacto Democrático por Cataluña (PDC), 11; PNV, 8; Partido Socialista Popular (PSP), 6; otros, 6, estuvo a la altura de aquellas circunstancias históricas y, como constituyentes, encontraron en el consenso el espíritu que debía presidir la elaboración de la Constitución, alcanzando acuerdos sobre los principios básicos de nuestra democracia, los derechos fundamentales de los ciudadanos y las normas de funcionamiento de sus instituciones más representativas. Para aquellos políticos, pese a que el Congreso de los Diputados resultante de las elecciones estaba fragmentado, España y su naciente democracia fueron lo primero.

En las pasadas elecciones del 28 de abril, el PSOE, cuyo candidato a la Presidencia del Gobierno era Pedro Sánchez, obtuvo 123 escaños y 7.513.265 votos, más del doble que el siguiente partido en número de escaños, el PP de Pablo Casado (65 escaños), seguido de Ciudadanos (Albert Rivera) con 57 escaños y de Unidas Podemos (Pablo Iglesias), con 33 escaños. El resultado electoral evidenció con claridad que la mayoría simple de los españoles querían que Pedro Sánchez fuera presidente del Gobierno. Pero ignorando la voluntad expresada en las urnas por el pueblo español, el pasado 25 de julio, en segunda votación, el Congreso de los Diputados no otorgó a Sánchez la confianza (mayoría simple) para ser nombrado presidente.

Sobre la hasta ahora frustrada investidura de Pedro Sánchez han opinado con autoridad los catedráticos de Derecho Constitucional de la UMA, Ángel Rodríguez (en esta tribuna, 26 de julio) y Juan José Solozábal (UAM); para Ángel Rodríguez, el verdadero problema al que nos enfrentamos no es la fragmentación, esto es, más partidos representados en el Congreso, sino la polarización, que definía como el posicionamiento de los líderes de esas fuerzas políticas, situados en los extremos (los polos), que dificultan así el pacto o el acuerdo que podría hacer gobernable la fragmentación parlamentaria. Solozábal afirmaba que en nuestro régimen parlamentario no caben enemigos, sino solo diferentes o, a lo más, adversarios y que en la esencia del sistema están la disposición al compromiso y la tolerancia. Otro constitucionalista, Óscar Alzaga, que fuera diputado de UCD, en su obra 'Comentario sistemático a la CE de 1978', escribió hace ya cuarenta años lo siguiente: «La ausencia de mayoría simple en el Congreso que pueda respaldar a un candidato a la Presidencia del Gobierno estará normalmente motivada por una situación de falta de entendimiento grave entre las fuerzas políticas principales». Su juicio fue premonitorio.

Las causas de la no investidura son la ausencia de consenso político y el olvido del interés general, como resultado de la falta de entendimiento grave, la polarización, la falta de disposición al compromiso, sus egoísmos partidarios, la sobredosis de intolerancia y, en definitiva, la irresponsabilidad de los actuales líderes de los partidos políticos mayoritarios. Y en este contexto se puede afirmar con objetividad y rigor que la actual situación es corresponsabilidad de todos ellos, los dirigentes, a los que no parece importarles que continuemos con un Gobierno en funciones, inestabilidad, incertidumbres, inacción frente a graves problemas, etc.

A la falta de consenso político en cuestiones de Estado (la investidura lo es) hay que añadir que el partido Ciudadanos, llamado a ocupar parte del centro político como espacio fundamental de equilibrio, entendimiento y moderación, se ha escorado hacia el radicalismo y la intransigencia (la banda de Rivera). Y Pablo Casado está desaprovechando una oportunidad histórica para demostrar que para el PP lo primero son los intereses de España (que es lo que haría un líder de Estado).

Hoy, uno de los graves problemas de nuestra democracia es la incapacidad de estos líderes para el consenso y para actuar en el ejercicio de su función representativa en un escenario político en el que los electores decidimos democráticamente no otorgarle la mayoría absoluta a ninguno de ellos.

No queremos nuevas elecciones, pero llegado el 23/24 de septiembre el Rey disolvería las Cortes y convocaría nuevas elecciones. Están a tiempo de entenderse, de pactar y, fundamentalmente, de respetar el resultado de las elecciones del pasado 28 de abril. Fórmulas, las hay, que no pasan necesariamente por un Gobierno de coalición. Para encontrarlas solo se necesita voluntad y anteponer los intereses de España a los de partido. El camino a seguir quedó trazado el 29 de octubre de 2016, cuando gran parte del Grupo Socialista se abstuvo en la votación de investidura de Mariano Rajoy.