Cataluña: ocupar la calle

El envite de Quim Torra es un órdago que mantiene la huida hacia adelante y olvida a más de la mitad de la población, que rechaza la independencia

Cataluña: ocupar la calle
José Ibarrola
antonio elorza
ANTONIO ELORZA

En una reciente regata de traineras se dio una situación polémica cuando una de ellas ocupó la calle de la vecina, aún a poca distancia, y esta trató de recuperarla. De haber renunciado al intento, la victoria de la primera hubiese sido inevitable, pero al optar por la recuperación lo fue el enfrentamiento.

La ocupación del espacio desempeña un papel de primera importancia en todos los órdenes de la vida, desde el deporte a la política. Ningún ejemplo más claro que la ventaja de «ganar la posición» bajo el aro en los partidos de baloncesto. En política estamos viviendo algo parecido en el conflicto catalán desde que Pedro Sánchez se ha hecho cargo del Gobierno poniendo en marcha una nueva táctica ante el independentismo, basada en el diálogo con el Govern del hirsuto Quim Torra. A diferencia de la opción de Rajoy por el encapsulamiento –o, si se quiere, el dontancredismo– al jugárselo todo a la baza final del 155, mientras el Govern tenía hasta entonces la plaza libre a su disposición, Sánchez ha preferido disputar desde el principio el terreno al adversario, esgrimiendo la tolerancia en vez del autoritarismo y planteando una oferta tras otra: desde la reforma de la Constitución al referéndum constitucional «de autogobierno».

El problema es que, para tener éxito, la vía del guante de terciopelo tenía que encontrarse con un mínimo de flexibilidad por parte del otro jugador, y este había ocupado ya toda la calle de las posibles opciones, fijando su objetivo político único, la independencia, sin la menor concesión a que el diálogo fuera más allá de instrumento necesario para restaurar los poderes institucionales suprimidos por el 155. Las ofertas del presidente han ido de inmediato a la basura, con el consiguiente desgaste para la imagen negociadora de Pedro Sánchez, obsesionado por poner buena cara, hasta el punto de dedicarse a explicar al Govern por qué no interviene ante la Fiscalía General del Estado sobre los procesos y de mostrarse partidario inicialmente de abandonar al juez Llarena ante la denuncia de Bruselas. Por algo se ha visto obligado a recordar sotto voce que frente a la unilateralidad está siempre el 155, aunque su nueva aplicación sería ahora mucho más costosa.

Por encima de las diferencias entre los tres grupos secesionistas, el frente coincide en lo esencial, una vez forzada ERC a suscribir la unidad de la aspiración independentista. Cuentan además con una masa de fieles que actúan y piensan con el empecinamiento propio del síndrome del converso, ya que muchos de ellos no eran hasta hace poco independentistas. No les afectó la confesión de fracaso transmitida en su día por Puigdemont al exconsejero Toni Comín, ni el empleo de juego sucio para apuntalar la acusación al juez Llarena por medio de una traducción fraudulenta. Los flancos débiles consisten en la incompatibilidad existente entre la marcha hacia Ítaca y los intereses de la economía catalana, y en el vacío político que supone hacer de la república un mito que requiere los habituales chivos expiatorios –el español opresor, el Rey– e insistir hasta la saciedad en el mantra salvífico de la independencia. Frente a ello, el orden constitucional ha puesto de relieve su solidez, implantando primero y superando después la aplicación del 155, de manera que parecía en principio poco apetecible repetir la jugada de 2017 para acabar estrellándose en el muro del Estado de Derecho.

Una posibilidad era la expresada por Oriol Junqueras y ERC: mantener una cierta complicidad con el Estado, favorecida por la necesidad que el Gobierno Sánchez tiene de sus votos, e ir consolidando la impresión de que una independencia pactada a medio plazo constituía una solución integradora, mucho más atractiva que la Cataluña partida en dos del presente. La alternativa, impulsada por Puigdemont desde Bruselas, e interpretada fielmente por su transmisor Torra, es insistir en la huida hacia adelante, como quedó ayer patente en su conferencia.

El envite es un órdago, renunciando a decidir la partida con el juego electoral. El motor de la independencia es «la movilización permanente» del «pueblo catalán», ese agregado social mitológico que es proclamado el titular indiscutible de la soberanía, olvidando que hasta ahora el independentismo sigue siendo minoritario en votos. Además, al escucharle se tiene la impresión de que los votos constitucionalistas no existen, ni sus partidos, a pesar de las constantes invocaciones al consenso o a la esencia democrática que anida en el pueblo catalán, tal vez porque, según me explicaba hace poco un maestro extremeño asentado en Barcelona, los votos de esa mitad de catalanes no cuentan, son solo la expresión del odio a Cataluña. Mejor olvidarlos. Así, si todo va bien del 11-S al 1-O y al 27-O, la espiral culminará en fiesta republicana el día 3. Pero para tranquilizar a ERC, la ruptura sólo tendrá lugar cuando los políticos presos sean condenados. De no ser absueltos, llega el no al Estado. Una jugada decisiva que arranca en sentido estricto de «ocupar la calle», y ya no estamos en un campo de regatas, sino en la Diagonal. A los CDR de la CUP, ahora convenientemente olvidados, tocará actuar de vanguardia activa para llevar el conflicto hasta un nivel insoportable para el Estado y para la convivencia entre los catalanes.

Tres consignas. Diálogo, pero, como antes bajo Puigdemont, con única salida: autodeterminación. Sánchez lo toma o lo deja. Proyección internacional victimista en una Europa donde se afirma la lucha por la democracia (¿?). Novedad única: los españoles ya no son para Torra seres inferiores y son invitados a marchas por la libertad de Cataluña. Y movilización constante de ese «pueblo» o «gente», nunca ciudadanía, hasta estallar frente a las sentencias. Reanudemos 2017. «Quan creus que ja s'acaba torna a començar», se lamentaba Raimon.

(Nota final: se retira Xavier Domenech, un político inteligente).

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