EL CASTAÑO CENTENARIO

CATALINA URBANEJA ORTIZ

HACE tiempo que deseo escribir sobre este árbol centenario que crece en el término municipal de Istán, su problemática actual y la nula sensibilidad de las instituciones hacia su decrépito estado, pero entiendo que abordar el asunto desde esa perspectiva requiere una información que necesita ser confirmada. Y en ello estoy. No obstante, y como paso previo, he considerado necesario comentar los avatares de su convulsa historia.

No se puede hablar del castaño sin mencionar la alquería de Arboto, la situada más al norte de la Tierra de Marbella en un espacio intermedio entre los términos municipales de Ronda, Benahavís, Marbella e Istán. Ubicada en el corazón de la Sierra del Real y abrigada por el macizo de Plaza Armas, está circundada por un denso bosque que desciende por las pendientes laderas hasta alcanzar las orillas del río de su mismo nombre.

Acaso por esta marginalidad fue la menos poblada pues, durante los años finales del siglo XV, su ocupación oscilaba entre los 30 y 25 vecinos, equivalentes a unos 150-125 habitantes, cuyas máximas autoridades, el alguacil y el alfaquí, administraban tanto la justicia como los denominados «bienes habices» de la mezquita, entre ellos las «tierras de los mezquinos» de cuya producción se sustentaban los más necesitados.

Arboto contaba con su propio término, que más tarde se anexionó al de Istán. El libro de Apeo de 1572 indica sus límites: comienza en el nacimiento de Río Verde; «sigue por el término divisorio de Marvella y Ronda tocando en el camino que va y viene a ambas, siguiéndolo, y la cordillera aguas vertientes hacia Río Verde por las Apretaderas, hasta tocar en los mojones divisorios del término de Benahavís y Marvella», y río arriba por la cumbre de las sierras de Río Verde, hasta la Vega de las Cañas, confluencia con Tolox.

Sus habitantes explotaban el medio con una proliferación de cultivos que hoy cuesta imaginar, dado su abandono. Las fuentes archivísticas mencionan los bancales de tierra para sembrar trigo y cebada; los de riego; viñas, castañares, morales, cerezos y todo tipo de árboles frutales, mientras que sus empinadas laderas las ocupaban un rico sotobosque apto para alimentar a una numerosa cabaña ganadera. Y entre la arboleda existente en el siglo XVI, estaría nuestro «Castaño Santo», emblema de Istán que siempre fue consciente de su importancia. Muestra de ello es el párrafo que le dedicó el doctor Vázquez García en su Geografía Médica de 1904: «El castaño santo, arbol, que aun existe y que debe este sobrenombre á que, á su sombra se dijo una misa de campaña cuando fueron expulsados los moros de Sierra del Real; este arbol es un ejemplar digno de admirar tanto por su longevidad como por su magnitud, pues su tronco mide de circunferencia trece metros».

En el año 1500 se trastocó la vida de esta alquería debido al incumplimiento de las capitulaciones que los Reyes Católicos firmaron antes de la conquista, mediante las cuales, los vencidos conservarían sus creencias religiosas. A la conversión general, a los bautismos forzosos, siguieron una serie de revueltas que abocaron en la rebelión de Sierra Bermeja, de nefastas consecuencias para estos montes, convertidos en el centro de la insurrección.

La situación de Arboto, junto al camino real de Marbella a Ronda y muy cerca del belicoso Daidín, fue determinante para que sus vecinos abrazaran los postulados de los rebeldes, acogiendo a los disidentes que, desde allí se desplazaban a las tierras bajas, donde demostraron una extrema crueldad tanto con los hombres como con los ganados.

Quiso el azar que, cerca de la Torre Vaqueros de Estepona, asaltaran a los pastores de Juan de Sagarraga y García de Salvaleón, robándoles numerosas reses, cabras y ovejas. Ante este desastre, sus dueños pidieron a los reyes una indemnización por los daños sufridos. Las 150 vacas de Salvaleón fueron valoradas en casi cien mil maravedíes, reembolsados en tierras, casas y «heredamientos» pertenecientes a los rebeldes de Arboto, ya en proceso de despoblación debido a la fuga de muchos de sus moradores.

Como una de las características más destacadas de los primeros pobladores de Marbella fue su preferencia por residir en la ciudad y, dado que esta alquería quedaba demasiado lejos, su flamante dueño no tardó en arrendarla a la gente de Daidín para que se ocuparan de sus tierras. Hasta que en 1569 un nuevo foco revolucionario prendió en los pueblos del piedemonte, tras la cual los moriscos fueron expulsados, ocasionando con su marcha que aquel próspero lugar comenzara a verse invadido por especies autóctonas como chaparros, quejigos y alcornoques, que sustituyeron a los antiguos frutales. Un cambio que contribuyó a que los montes resultaran poco accesibles, «de forma que por munchas partes no se puede andar sino es a gatas», situación que se mantiene hoy en día.

 

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