Canteras y fracasos

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

La nueva Junta de Andalucía activará en verano un programa de refuerzo educativo y deportivo contra el abandono escolar. El plan anunciado por Javier Imbroda incluye inglés, lectura y matemáticas, aunque no servirá como una guardería estival según la advertencia del exseleccionador de baloncesto, que exige «esfuerzo» a los niños de Primaria. El Gobierno de Juanma Moreno prevé así reducir el desempleo porque, en sus palabras, «el fracaso escolar es la cantera del paro». La ecuación no contempla variables que permiten voltear esa afirmación, porque el ascensor social que históricamente ha garantizado un puesto de trabajo digno a cambio de éxito académico, con su correspondiente salario y posibilidades de independencia, lleva años averiado, al menos en sentido ascendente. La bajada, en cambio, resulta más sencilla. Basta un empujón por las escaleras, un tropiezo incluso, para caer al fondo de la precariedad y acabar con una mochila de Glovo en la espalda, ese nuevo modo de cuchillada laboral que blanqueamos a diario. ¿Y bajo qué ánimo se enfrenta un adolescente a los planes de estudio, tan prehistóricos y poco apetecibles en muchos puntos, cuando ve que a su hermano mayor, veinteañero quizá, todo ese tiempo invertido ni siquiera le ha servido para salir de la casa familiar? ¿O que el despido de su padre, tras una vida de trabajo, sale tan barato como la contratación por horas de su madre? ¿No podría decirse, entonces, que el paro también es la cantera del fracaso escolar?

Haría mal el Gobierno autonómico en ignorar que hay miles de títulos universitarios, cursos, doctorados, másteres y certificados de idiomas ardiendo en la letra pequeña de los contratos basura, que a su vez, como una broma cruel, sirven para maquillar los datos del desempleo, el pin tramposo de la recuperación que algunos partidos se empeñan en lucir en la solapa. Resulta tentador, sobre todo para un entrenador brillante como Imbroda, trasladar el discurso de la alta competición a la educación, pero aquí no siempre ganan los mejores ni quienes más se esfuerzan por la victoria, aunque tampoco se trate de culpar al árbitro por sistema. Debería haber términos medios entre el victimismo de quienes se afilian a la autocompasión, como dolorosas acosadas por tiranos difusos, y la falsa ingenuidad de creernos, a estas alturas de la película, los lemas huecos sobre el esfuerzo, el rendimiento y el éxito que sólo sirven para vender malos libros. Hay toda una generación ahí fuera arañada por la crisis que merece más sensibilidad y altura de miras en el análisis.

 

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