Cansados y atareados

DIEGO CARCEDO

La verdad es que la campaña electoral en marcha nos está cogiendo a casi todos cansados y atareados. Y es una pena, porque escuchar a los políticos que nos van a gobernar los próximos cuatro años y reflexionar sobre lo que dicen, debaten y prometen es importante, o debería serlo, para que el domingo veintiocho -falta apenas diez días- podamos acudir a las urnas con las ideas claras. Pero, qué se va hacer, las circunstancias no parecen las más proclives.

Estas elecciones generales, y lo mismo las otras que vendrán dentro de un mes, nos cogen un poco hastiados. Salta en los comentarios familiares y se escucha en la calle. «Son una pesadez». Llevamos muchos meses, qué digo meses, ¡años!, envueltos en unas refriegas políticas aparatosas, pero, bien mirado, con poca sustancia. Las críticas se repiten -la gente quiere escuchar propuestas de soluciones más que refriegas personales- sin eco entre la nueva generación de líderes.

La fatiga es mala y esperemos que deje un respiro para que sean muchos los ciudadanos que echen pelillos a la mar y acudan a votar. Una elevada participación electoral siempre es un buen síntoma de salud política, de inquietud social, y de corresponsabilidad en los asuntos públicos. Confiemos que este año no sea una excepción y que los elegidos asuman las responsabilidades que se les encomienden con el estímulo que supone saberse respaldados por muchos conciudadanos.

Pero decía también que la campaña nos coge atareados. La Semana Santa es un periodo vacacional que hasta los más religiosos alternan sus devociones con el descanso, la despreocupación por lo cotidiano, y el olvido de cuestiones complicadas y hasta disgustos previsibles que se dejan en suspenso hasta el lunes de Pascua. Habrá quien aprovecha para pensar y decidir su voto, para enfrascarse en algún titular de campaña, aunque no serán muchos.

En la mayor parte de España hace un tiempo espléndido y la previsión es que seguirá proporcionando alegrías a los que quieren disfrutar de lo mejor de la primavera prematuros chapuzones en las aguas aún frías del Mediterráneo incluidos. Las carreteras están atascadas y conseguir plaza en los restaurantes repletos se vuelve una heroicidad. Pero todas son preocupaciones que se van superando con la satisfacción de no tener que poner el despertador salvo a los creyentes a quienes toque procesionar.

Todo por no sucumbir al placer de la caña en el chiringuito de la esquina, la tertulia con los amigos reencontrados después de meses, o los paseos para desentumecer los músculos anquilosados después de la inactividad física del invierno. Las refriegas políticas en estas circunstancias pasan más inadvertidas. Hay quien dice que resbalan. Y si la campaña coge a las mentes saturadas de tanto forcejeo, peor. Confiemos que en el relax de la indiferencia quien más quien menos recupere fuerzas y el 28 acuda a votar con las ideas despejadas.