Cansada Europa

IMANOL VILLA

Vieja, viejuna, vintage. ¿Cómo es Europa? A lo mejor deberíamos de hacernos primero esta pregunta antes de querer saber hacia dónde vamos los europeos. ¿Cómo somos? Los discursos oficiales hablan de una comunidad, unida en la diversidad, que por historia, cultura, tradiciones y todas esas cosas que conforman la memoria colectiva, ha de progresar hacia el futuro unida en todo lo posible. Para otros, Europa y su Unión no es más que un club elitista, favorecedor de unos cuantos, atenazado por intereses particulares -nacionales los llaman-, que impide alcanzar altas cotas de integración reales. También los hay que opinan que la Europa de la unión no es más que una utopía, muy lejana de las cuitas de sus ciudadanos. Porque, dicen, la Unión Europea no es Europa y eso supone en sí mismo un empobrecimiento vergonzoso del que sin duda habría de ser el proyecto de la Gran Europa. Son los que piensan en los Urales. Sin embargo, en ninguna de la visiones existentes hoy sobre la Unión Europea se habla de lo que es y de cómo se siente. En definitiva, la mayor parte de los políticos parece ignorar el verdadero sentir de los ciudadanos.

Europa, los europeos, se sienten viejos y cansados. No es para menos a tenor de su historia. Ese sentimiento de desazón ha conducido, en buena parte de los estados miembros, a un aumento del miedo y de la incertidumbre. ¿Miedo a qué? ¿Inseguridad?¿Por qué? En una reciente encuesta realizada por YouGov para varios medios informativos, los dos temas que han aparecido como más inquietantes para los europeos son la inmigración y el medio ambiente. Es decir, dos de los aspectos que inciden de forma más determinante en la cotidianeidad de los ciudadanos. El aumento de los flujos migratorios, con un componente africano importante; y los alarmantes datos sobre el calentamiento global, que nos sitúan en un escenario más que delicado, conforman elementos distorsionadores de una realidad que hasta hace algo más de dos décadas se consideraba estable. Se habían alcanzado cotas de bienestar razonables, la esperanza de vida aumentaba y el lenguaje cultural, social y político se articulaba en códigos comprensibles. Sin embargo, ahora ya no es así. Europa, vieja y cansada, se siente observada y deseada desde África. Sus jóvenes ansían arribar a sus costas y disfrutar de unos derechos negados en sus países. Al mismo tiempo, ninguna estación parece ser lo que era. Ni el frío, ni el calor, ni la lluvia. Y eso, todo eso, provoca miedo. Quizás por ello, para muchos europeos lo mejor es aplicar el refrán español de «cada uno en su casa y Dios en la de todos». Ya no quieren más. Que todo vuelva a ser como antes, desean. Frío y calor y cuando correspondan.

Pero eso es imposible porque el futuro más inmediato irá en contra de los deseos y los miedos. De cómo se gestione, de la sabiduría de los elegidos y de la capacidad para romper los exclusivismos nacionalistas populistas, por un lado, y el humanismo ingenuo y simplista, por otro, dependerá en gran medida que Europa rejuvenezca o permanezca anclada en una vejez que se le puede hacer insoportable, además de tremendamente caliente.