El candidato es el mensaje

JOSÉ ANDRÉS TORRES MORA

En esta sociedad acelerada en la que vivimos tenemos poco tiempo para leer programas y escuchar discursos. De modo que, generalmente, buscamos atajos que nos ahorren esfuerzos a la hora de tomar nuestra decisión de voto. Y uno de esos atajos es personificar las ideas, encarnarlas en alguien. En la política es un recurso habitual desde siempre, los líderes encarnan a los partidos y a sus ideologías, y cuando hay elecciones, son los candidatos y candidatas quienes cumplen esa función. Que por cierto es una tarea tan relativamente fácil como efímeros sus logros. Porque hasta a los mejores seres humanos les resulta extraordinariamente difícil estar a la altura de un ideal todo el tiempo.

A la hora de encarnar una idea conviene tener suerte con la idea que te toque. Por ejemplo, si te toca encarnar la cultura del esfuerzo, que tanto le gusta a la derecha, vas dado. Porque encarnar la cultura del esfuerzo cansa, y mucho. Tiene uno que ser Stajánov para llevar esa púrpura con dignidad, pero Stajánov no era de derechas. Entonces no nos queda más remedio que mirar a la derecha realmente existente, y pensar en el momento en el que el partido le dice a uno de sus dirigentes, pongamos que se llama Mariano: «Mariano, te ha tocado encarnar la cultura del esfuerzo». Pues es hacerle una trastada. Alguien puede sugerir: «Pongamos a un compañero que tenga varios másters», y claro, tampoco.

Los símbolos van por barrios. Nadie en la derecha considera relevante encarnar la cultura de la austeridad (propia). Sí en la izquierda. De modo que un día eliges a un joven y austero candidato para contraponerlo a la casta política y te dedicas a restregarle a tus adversarios las ventajas y privilegios materiales que los han convertido en corruptos, egoístas e insensibles, y al día siguiente ese líder va y, con todo su derecho, se compra una vivienda cuyo tamaño excede con mucho los estrictos límites franciscanos que, según habías pregonado a los cuatro vientos, garantizan la virtud cívica de representantes y representados. Y en ese instante te sientes como el inquisidor oficioso de la parroquia cuando se entera de que han pillado al párroco con una colección de pornografía infantil.

Otra cosa distinta es que debas personificar la idea de la unidad de España. Ahí hay encarnaciones para todos los matices. Si, por ejemplo, defiendo la unidad de España contra los separatistas, y pongo a un coronel legionario en mi lista por Melilla, estoy dando un mensaje distinto que si pongo en mi lista de Madrid a un abogado del Estado con fama de duro en el juicio al 'procés'. Que a su vez es distinto del mensaje que envío si pongo a encabezar la lista por Barcelona a una periodista y tertuliana que considera el diálogo un vicio abominable. Con ninguna de esas estrategias hay peligro de cansarse, aunque tampoco de acertar.

La palma se la llevan los separatistas catalanes. Si estás dispuesto a cercenar las libertades democráticas de tus ciudadanos, saltándote tus propias leyes, en aras de la construcción nacional, nada mejor que poner de candidato a un preso.