Campo de nabos

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

Pocas imágenes resultan tan reveladoras como la que muestra el plató del primer debate electoral repleto de hombres, entre los cuatro candidatos, su cohorte de asesores y el presentador, mientras dos mujeres limpian el suelo. La fotografía sirve como respuesta a quienes creen, y además se atreven a decirlo en voz alta, que la igualdad está alcanzada y que el feminismo o la perspectiva de género son movimientos desproporcionados, cuando no innecesarios, que necesitan adjetivos, matices que suavicen su supuesta agresividad, la virulencia, sálvese quien pueda, de sus aspiraciones. Pero no hay nada más violento que relegar a las mujeres a un segundo plano en las elecciones generales, eso que los cursis, sin ruborizarse, llaman fiesta de la democracia. Podemos caer en la trampa de pensar que se trata de una coincidencia: todos los partidos con expectativa relevante de voto pusieron en marcha sus mecanismos internos, dedazo va y viene, y los elegidos, oh casualidad, fueron hombres. Podrían haber sido mujeres, aunque nadie imagina unos comicios con cuatro o cinco candidatas. No es una posibilidad real, por mucho que los negacionistas del machismo, esos que ajustan lo que ocurre ahí fuera a su propia gradación ideológica, sean incapaces de reconocerlo.

Las mujeres, eso sí, aparecieron en escena limpiando las huellas de tanta testosterona. Qué metáfora impagable: este campo de nabos lo riegan y cuidan ellas, aunque el protagonismo acabe siendo para nuestros candidatos alfa. Estamos ante otra casualidad, suponemos, como también lo será que prácticamente no haya hombres en profesiones relacionadas con la limpieza o la atención a otros, que las camareras de piso y las amas de casa, las empleadas domésticas y las maestras, casi siempre sean mujeres. Que ellas se hayan dejado históricamente la piel en las cocinas pero el firmamento de las estrellas Michelin esté copado por señores. Que apenas haya hombres que pidan la reducción de jornada, que la conciliación mantenga su aura de reivindicación femenina. Que haya más chicas en la Universidad y saquen mejores notas pero el acceso a la mayoría de rectorados y cátedras aún sea una cuestión fálica. Ida Vitale, quinta mujer que recibe el Premio Cervantes en 43 años, se rebeló contra ese destino en 'Fortuna': «No desfilar ya nunca / y no admitir palabras / que pongan en la sangre / limaduras de hierro. / Descubrir por ti misma / otro ser no previsto / en el puente de la mirada. / Ser humano y mujer, ni más ni menos». ¿Lo escuchan? Es el silencio, rompiéndose.