Campeones del mundo
En un mundo dominado por la crueldad y la indiferencia, ser amable es un acto de valentía que impacta profundamente en nuestra biología
ALFONSO PALACIOS. INGENIERO INDUSTRIAL
Martes, 11 de noviembre 2025, 01:00
Hoy me he cruzado con un compañero con quien rara vez coincido. No hace mucho, el infortunio lo enfrentó a algo que nadie debería vivir. ... Su mirada serena, cargada de afecto, y su sonrisa cálida, nacida del aprecio, me ha estremecido. Debe estar desbaratado. Cuando te ocurre algo así, nada vuelve a estar en su sitio, nada. Y, sin embargo, la ternura, que uno imaginaría escondida en lo más hondo de su ser, asoma luminosa en un sencillo «hola» al pasar.
Y aunque ha perdido, es campeón. Del mundo. Por la virtud que ya llevaba dentro, por su titánico valor y por su esfuerzo sin medida. Tiene la copa de los auténticos vencedores, la de quienes, pese a no estar, se muestran con afecto y amabilidad.
En las tinieblas por las que atraviesa, podría haber sido Aquiles, y dejarse arrastrar hacia una deriva oscura, una rabia amarga nacida de la pérdida de su Patroclo. Podría haberse vuelto alguien desmedido solo para soportar el peso del rencor. Pero ha elegido ser Odiseo, transformando la nostalgia y la ausencia de Anticlea en humanidad y compasión serena.
El vacío de una pérdida puede tragarnos, o transformarnos y vincularnos más con la vida
Parece haber encontrado la verdadera sabiduría. Como sugería William Blake, da la impresión de que, tras una experiencia tan desgarradora, conserva cierta inocencia. Atravesado por el dolor, es capaz de amar y de confiar. Sin olvidar sus oscuras sombras, no se ha dejado arrastrar por ellas. Transmite, serenamente, la sensación de que aún mantiene esperanza.
La pérdida, en cualquiera de sus formas, nos define como seres humanos. La actitud con la que la afrontamos, incluso la inevitable, la que sin duda llegará, deja en nosotros una huella imborrable. Somos lo que perdemos, sobre todo cuando lo perdido era esencial. El vacío que nos deja puede tragarnos para siempre o, en su abismo, transformarnos y vincularnos más humanamente con la vida. Con mayor compasión.
Así lo entendió también San Agustín, quien, en sus 'Confesiones', al evocar la muerte de un amigo, comprende que el dolor es inseparable del amor y que el duelo mismo puede volverse un acto de amabilidad con la memoria del otro.
Esa revelación, que el dolor no es enemigo del amor, sino su compañero inseparable, nos prepara para soportarlo mejor. Porque incluso la ausencia encarnada, la de quien vive, desafía a un luto invisible que exige una compasión incondicional con uno mismo: por quién ya no está, por el simple acto de reconocer que parece imposible seguir caminando sin su compañía.
Incluso cuando decides, o no puedes seguir adelante, y optas por detenerte, está bien. No tienes que correr ni esconderte, aunque tu mundo no vuelva a ser el de antes.
Nadie tiene derecho a juzgar lo que sientes, ni a decirte cómo debe ser tu dolor, ni hasta cuándo debe dolerte. Al fin y al cabo, a todos, antes o después, nos duele. Como recuerda Eddie Vedder, de Pearl Jam, en 'I am mine' ('Yo soy mío'): «el océano está lleno porque todos están llorando, la luna llena busca amigos en la marea alta: el dolor se hace más grande cuando es negado». En esa imagen del dolor compartido y comprendido se intuye también la necesidad de que el sufrimiento no aísle, sino que acerque. Porque aunque la empatía hace que nuestro corazón lata al compás del dolor ajeno, es necesario transformar ese latido en un gesto de cuidado, en un intento real de ayudar, de ser compasivo. Como canta Bono, de U2 en '13 - There is a ligth' ('13 - Hay una luz'): «¿Eres lo suficientemente duro como para ser amable?». En un mundo dominado por la crueldad y la indiferencia, ser amable es un acto de valentía. Y no es solo un gesto moral o poético. Es también un acto que impacta profundamente en nuestra biología.
La ciencia lleva tiempo explorando lo que ocurre cuando elegimos la amabilidad. Según Dacher Keltner, psicólogo de la Universidad de California, Berkeley, «los actos de compasión y amabilidad activan los circuitos de recompensa del cerebro, lo que nos hace sentir bien y, a largo plazo, contribuyen a una vida más larga y saludable.»
Esta visión la amplía también la psiquiatra Bhawani Ballamudi, del hospital St. Mary en St. Louis, quien subraya que incluso presenciar actos de amabilidad genera efectos positivos: aumenta la autoestima, la empatía y la compasión, mejora el estado de ánimo y refuerza el sentido de conexión con los demás, reduciendo la sensación de soledad y fortaleciendo los vínculos.
Es lo más hermoso: no se detiene en quien actúa con amabilidad. Su efecto se expande, como si cada gesto de cuidado lanzara una pequeña onda expansiva en quienes lo presencian. Se trata de generar una cadena de amabilidad cuyo alcance puede ser mucho mayor de lo que podamos imaginar a simple vista.
Así lo demuestran los estudios de James Fowler y Nicholas Christakis, sociólogos de la Universidad de California en San Diego, y de la Universidad de Yale. Afirman que «la amabilidad se propaga como un virus: cuando vemos a alguien siendo amable, tenemos muchas más probabilidades de hacer algo bueno también».
Pero más allá de lo que revelan estos estudios, hay una verdad inmutable: la amabilidad forma parte de nuestra esencia, de lo que realmente nos define como seres humanos. Como dice U2 en su canción 'Mercy' ('Compasión'): «solo porque podemos, debemos».
¿Tienes una suscripción? Inicia sesión