La calle es nuestra

Cabe sugerir una reflexión respecto a qué modelo de Semana Santa nos están proponiendo

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Claro que no han sido las peores imágenes del día de ayer en el que ardieron varios siglos de historia con el incendio de la Catedral de París, pero también confieso que me ha producido estupor ver las fotos del centro de mi ciudad sitiado y ver las calles más emblemáticas con acceso restringido para los que pagan. Hay un sector importante de la ciudadanía que protesta, a mi juicio con razón, de que el nuevo recorrido oficial esconde en la práctica una privatización de la Semana Santa de Málaga: la rentable transición de un fenómeno popular a un espectáculo para las élites o, por lo menos, para un sector mínimo de la sociedad que sí puede permitirse el dinero, el tiempo y las ganas de pagarse sus sillas o alquilar sus balcones, imagino que a precios de oro. Pasando por alto la alarmante sensación de improvisación en unos días tan importantes, la sospecha de que se quiere hacer caja con la Semana Santa se está empezando a generalizar.

Sin ser una persona especialmente cofrade, puedo comprender que desde lo público se proteja y se fomente un fenómeno que deja en la ciudad un impacto económico enorme y que además responde a una tradición nuestra. Me parece discutible, quizás aceptable, que a las cofradías prácticamente se les regalen edificios más o menos emblemáticos para sus sedes. Me trago la horrible rampa que le han puesto a la Catedral, y tengo asumido que la Semana Santa afecta a cuestiones urbanísticas que se piensan y se adaptan a un acontecimiento que dura una semana, aunque últimamente incluya un número desorbitado de traslados el resto del año. Hay que asumir que Málaga tiene una maravillosa tendencia a la exageración y que eso forma parte de su encanto. Lo que no me parece de recibo es que se restrinja de esta manera el espacio público, que aparezcan estas imágenes de la gente de a pie relegada a un segundo plano, a muchos metros de distancia de un acontecimiento eminentemente popular, pero también cultural y religioso. Eso por no hablar de que estas restricciones de acceso, una de las novedades del denominado 'recorrido oficial', están produciendo aglomeraciones en otros lugares bajo la lógica de que poniendo el dedo en un colador no sale menos agua.

Cabe sugerir a los organizadores una reflexión respecto a qué modelo de Semana Santa nos están proponiendo. Una reflexión parecida a la que tiene que hacer la ciudad entera por esta manía que nos está dando por el exceso. A Sevilla se le reprocha tener una feria sólo con invitación, y ahora estamos haciendo exactamente lo mismo. Las fotos son tremendas pero no estamos hablando de una mera cuestión de imagen, sino de algo que para buena parte de la sociedad es sagrado y que no puede diseñarse para el disfrute de una minoría. Málaga es una ciudad abierta, eso no se nos puede olvidar.