Las de Caín

No es la primera vez que oigo a alguien de presumir de pereza, de gula, de ira y aún de soberbia pero de envidia... todavía no me he tropezado en mi vida con alguien que diga estar hasta las cejas de ese sentimiento

ana sanz
ANA SANZJurista y autora de teatro

Permítame, querida lectora, querido lector, que le relate una anécdota. Le sucedió a mi amiga del alma en Moscú durante la excursión de un grupo muy numeroso de compatriotas por la antigua URSS. Tan numeroso era el grupo que se movía por la ciudad en dos grandes autobuses. Y fue el caso que, visitando las catedrales del Kremlin, el guía de mi amiga, un tal Dimitri, harto tal vez de pastorear turistas y viendo que, de completar la visita a los tres templos se le iba a hacer tarde para almorzar, sin más excusa que la que le ofrecía el conocer un poco la idiosincrasia de los españoles, muy circunspecto, muy serio él se dirigió al grupo diciendo: «Como ya hemos visto una catedral y los ocupantes del otro autobús no tienen tickets para ver el resto de los templos y ustedes sí que los tienen, ya que yo los he conseguido y el otro guía no, terminamos aquí la visita porque me he dado cuenta de que sus compañeros de viaje están envidiando».

El buen Dimitri giró sobre sus talones y condujo al grupo de turistas hacia su autobús hurtándoles el derecho a conocer los tesoros escondidos en el resto de las catedrales del Kremlin a causa de la envidia que a su juicio se había despertado en los ocupantes del otro vehículo.

La sensación de molestia, cuando no de dolor, que suscita el bien ajeno tal vez no sea un sentimiento extendido exclusivamente entre los españoles. Que yo sepa el copyright de esta innoble pasión se lo lleva el pobre Caín. Y digo, perdón, escribo, 'pobre' porque siempre me ha parecido indigente el que tiene como bandera ni confesada ni exhibida pero ondeante en el aire de la mirada y en el del gesto del rostro el mal de la envidia.

No es la primera vez que oigo a alguien presumir de pereza, de gula, de ira y aún de soberbia pero de envidia… aún no me he tropezado en mi casi larga caminata por la vida con alguien que me diga: «Qué mal sabe el trago de sentir como si fuera una afrenta contra mí el que la fortuna le sonría a fulano». No; aún no he oído a nadie estar hasta las cejas de este sentimiento. Pero no desespero; hay personas muy valientes.

Gaspar Meana

Volviendo al pobre Caín, que no estaba en sospecha de haber aprendido a envidiar de español alguno ya que vivía en Oriente Medio y por entonces el turismo y los movimientos migratorios estaban poco extendidos, él nos ofrece un ejemplo, malo por supuesto, de cómo la envidia está muy extendida en otras latitudes y altitudes del planeta y también en cercanos y alejados planos del comportamiento humano. Para envidia, la del hermano de Abel, que tras asesinar a su hermano movido por el odio derivado de su tiña se pasó el resto de la vida vagando y pegado a ese sentimiento como plato único de su repertorio emocional. Y todo porque a juicio del envidioso Caín su padre prefería al bueno de Abel. Pero no sabemos a ciencia cierta si la preferencia del progenitor de los dos hermanos daba para semejante odio asesino. Tengo para mí que el amor nunca puede ser semilla de odio, pero esa es otra cuestión. Sólo sabemos que en la economía mental de semejante estrecho de luces y carente de sentimientos nobles sólo anidaba el deseo de aniquilar al preferido. Cosas del cainismo.

No pretendo en estas líneas, como española que soy, escurrir el bulto respecto al deporte nacional de la pelusa, por usar uno de los sinónimos más suaves de los que disponemos para referirnos a la sensación que nos deja bajar al garaje y comprobar que la plaza perteneciente a esa vecina que no goza de nuestras simpatías, o peor aún, la que mejor nos cae de todo el vecindario, la ocupa un señor coche, un automóvil soberbio, de esos que hacen que se nos salte la hiel; ese coche en el que no habríamos reparado nunca a no ser porque fulanita lo va a lucir mañana delante de nuestro rostro teñido de amarillo. Quién sabe; si mirásemos en el ADN de este innoble sentimiento a lo mejor encontrábamos antecedentes en el Extremo Oriente. Nunca sabremos si el origen de esta pobre desazón habría que buscarla en un cuento chino. Por cierto, no termino de ver la relación que existe entre el tormento que produce convivir con el giro favorable de la fortuna cuando visita la casa ajena y el que se le ponga a una la piel del color del limón; como no sea que haya una relación causal entre el mal funcionamiento del hígado y pasar las de Caín.

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