Brasil en llamas

ALFREDO TAJÁN

Sí, no ha sido sólo la historia de Río de Janeiro la que ha ardido con su Museo Nacional, ha sido la totalidad de un pasado remoto, veinte millones de piezas, se dice pronto, de animales disecados, utensilios indígenas, la soberbia colección de momias egipcias, fósiles, el famoso cráneo de Luzía, una mujer que habitó tierras del Brasil hace once mil quinientos años, joyas geológicas, espeleológicas, botánicas, restos arqueológicos de primer orden, todo un acervo que ahora se ha reducido a pavesas, a fuegos de San Telmo, brasa inmóviles que reparten su mal augurio, un desperdicio lamentable, perenne mezcla de vagancia e indolencia patria, sólo abandonada cuando resuena la samba carnavalesca y la sangre fluye ayudada por menjunjes del vudú. Y es que la sede del museo, fastuoso palacio inaugurado en 1818 por uno de los Braganza huidos de Portugal, Joao VI, y por su esposa, Carlota Joaquina, hija de nuestros Carlos IV y María Luisa, «tantos montan, montan tantos», baluarte del primer Río imperial, testigo del mestizaje desde Ouidah a los confines de Rocha, también se ha quemado con su porte de un París de fronda.

Todo a cenizas, hasta la saudade, el canto de las exóticas cacatúas, se chamuscó, además, la utopía creadora cantada por el poeta Oswald de Andrade sobre el grito de independencia en Ypiranga, que hoy parodian las llamas, metáfora deformante de una realidad de la que todavía Brasil no se ha liberado. En el fondo es esa deformación la que le hace padecer una especie de eterna somnolencia de la que sólo despierta cuando se produce una catástrofe; lo han conseguido, desde luego, lo han logrado, esta deflagración simboliza el fracaso de un estado, tan bello como clasista, que en su momento fue considerado un paraíso terrenal por intelectuales franceses y alemanes, allá por los años cuarenta del pasado siglo, en el momento en la que ardía era Europa; aquel Brasil era la tierra de promisión, universo de los ingenios pintados por Társila do Amaral, el Brasil de Petrópolis, donde Stefan Sweig fue a suicidarse, de Manaos, metrópolis de los trópicos, el Brasil de los pavos engreídos con colas multicolores que describe atónito el decadente Paul Morand. El mismo Brasil, que años después, elige democráticamente a un presidente mecenas que apoya las curvas de un arquitecto colosal, capaz de poner en pie una ciudad futurista en medio de la Amazonia, me refiero, por este orden, al presidente Kubitschek, al arquitecto Niemeyer y a la ciudad de Brasilia.

Aprovecho para confesarle a mi amiga, la crítica y comisaria de exposiciones brasileña Berta Sichel, una autoridad en el mundo de audiovisuales contemporáneas, el nudo que se me ha hecho en la garganta al recordar, también hace justo cuarenta años, en 1978, cómo las llamas devoraron el Museo de Arte Moderno de Río, perdiéndose obras de Picasso, Torres García y Dalí, entre otros. Entonces, me pregunto con el genio Haroldo de Campos: ¿Dónde ha ido a parar la educación de las naciones?

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos