Ya está bien

José Miguel Aguilar
JOSÉ MIGUEL AGUILAR

Primera semana de septiembre y la rutina vomita una realidad ajena a nuestra existencia. Como de costumbre. Como si viviéramos en un mundo que no nos reconoce. Da la impresión de que hay mucha gente hablando de cosas que no interesan a la mayoría, que eluden los temas básicos que deben solucionar. Me refiero a los dirigentes, ya sean locales, autonómicos o nacionales, que se refugian en la burocracia para disimilar sus carencias. Me dirijo a los que mandan en alguna organización de la que dependa el bienestar de los demás. Esos que forman una minoría de la que dependen una gran mayoría deberían hacer una reflexión acerca de si realmente hacen algo por la felicidad de los que le rodean, incumpliendo el principio esencial de su función. Dando por hecho que los políticos suelen moverse en esferas alejadas de la calle, alguien debería tomar las riendas para empezar a cambiar esta sociedad, golpeada y enrabietada. Ahora que se cumplen diez años de la mayor crisis sufrida en nuestras vidas sobran razones para recapitular y espetar que muchos no nos representan.

Leer el mal dato del paro en agosto, incluido el día más negro de la historia de este país en destrucción de empleo (un viernes 31 ciertamente doloroso para 304.000 familias); comprobar que la educación arrastra un curso más problemas endémicos de los que hablaremos muchas semanas aun siendo incapaces de llegar a mínimos para que funcione de otra manera; cerciorarse de que un otoño más, y van unos cuantos, Cataluña va a capitalizar la actualidad de los informativos; constatar que nos esperan unas cuantas elecciones, incluidas campañas repletas de promesas que sabemos con antelación que no se cumplirán y eslóganes rimbombantes que nos hacen parecer idiotas... Después de todo esto y mucho más solo nos queda gritar como Mafalda -¡Paren el mundo que me quiero bajar!- o rebelarse de una vez por todas como esos jubilados que cada semana siguen manifestándose por una pensión digna con una constancia digna de admiración. ¡Qué ejemplo dan a los más jóvenes! ¡Qué energía desprenden en sus acciones, pacíficas pero con mensajes contundentes! Ahí también están las 'kellys' con sus reivindicaciones forjadas a costa de sus espaldas maltrechas y salarios insultantes. Habrá que decir un día de estos 'Basta ya' y empezar a demandar sueldos dignos, precios de la luz acorde a la economía de las familias, un coste de los combustibles asumible... Ya está bien.

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