La batalla por la libertad en Turquía

La Tribuna

Las purgas afectan a colectivos que eran hostiles a Erdogan, pero al resto no parece preocuparle. No ve, o no quiere ver, que se pone en manos de un déspota más voraz que cualquier lobo

Juanjo Sánchez Arreseigor
JUANJO SÁNCHEZ ARRESEIGORHistoriador, especialista en temas islámicos contemporáneos

¿Sigue siendo Turquía una democracia? En apariencia, sí. Hay un sistema constitucional con separación de poderes, y las elecciones celebradas este domingo han sido totalmente libres, sin trucos. Nos gusten o no, los resultados reflejan que la voluntad del pueblo turco, o por lo menos de una mayoría de votantes, es que Recep Tayyip Erdogan gobierne con poderes casi omnímodos. ¿Se dan cuenta los turcos de lo que han hecho? Quién sabe. Tal vez ellos conozcan mejor su propio país que unos analistas occidentales que escriben a miles de kilómetros.

Cuando Erdogan subió al poder, el primer ministro era el gobernante efectivo mientras que la presidencia era un cargo poco menos que simbólico. Ahora la Presidencia concentra casi todo el poder; el primer ministro es un mero vicepresidente y el Legislativo queda subordinado de facto al Ejecutivo, que puede gobernar por decreto. El Poder Judicial sigue siendo independiente en teoría, pero en la práctica, las purgas sistemáticas que siguieron al golpe de Estado fallido de 2016 han domesticado a la judicatura.

Por lo tanto, a finales de 2017 el sistema democrático turco había sido distorsionado en beneficio del Ejecutivo, pero seguía funcionando. Las elecciones se preveían muy reñidas. El autoritarismo de Erdogan y la arbitrariedad de las purgas iban a suscitar forzosamente una gran oposición, o eso se creía. El deterioro de la economía y la inflación creciente tendrían que pasarle factura al Gobierno. La participación superó el 87% y Erdogan ganó. Obtuvo un 53% de los votos en las presidenciales y su partido, el AKP, fue el más votado en las legislativas, aunque sin mayoría absoluta. Sin embargo, ese pequeño problema lo resuelve su alianza con los nacionalistas turcos de derechas, el MHP.

¿Por qué ha ganado Erdogan? En primer lugar, porque ha logrado atraerse a los nacionalistas turcos de derechas. Destruido el poder político de los militares, Erdogan les ha reemplazado como heraldo de un cierto chauvinismo patriotero combinado con una fuerte dosis de autoritarismo. En realidad, lo único que les separaba era la dicotomía laicismo/islamismo, pero ese problema también se ha resuelto al rebajar mucho Erdogan el perfil islamista del AKP. Bajo el nuevo régimen, el Islam se ha normalizado en los espacios públicos, suprimiendo las restricciones y censuras de la etapa militar, pero el islamismo del nuevo régimen está inmensamente lejos del integrismo islámico.

En segundo lugar, Erdogan ha sabido articular una administración y gobernanza tecnocráticas y desarrollistas basadas en criterios de eficacia y servicio público. El crecimiento económico de Turquía ha sido espectacular y se han prodigado las nuevas infraestructuras. La población, por lo tanto, vota lo que ve.

En tercer lugar, los escándalos de corrupción que salpican incluso al propio Erdogan y a su familia han sido manejados de manera rápida y contundente: Se ha echado tierra sobre el asunto, trasladando o cesando por decreto a cientos de policías, jueces y fiscales, mientras que una prensa en gran parte controlada ha silenciado los temas incómodos para el Gobierno. La represión posterior al golpe de Estado se limitó a rematar un proceso autoritario que llevaba ya tiempo en marcha. Quizás en España algunos políticos contemplen con envidia a Erdogan y piensen: «Ojalá nosotros hubiéramos podido hacer lo mismo, pero ningún presidente español podría haber tratado así a la policía, la prensa o los tribunales». Lo cierto es que mientras en España se desmanteló a fondo la legislación represiva del régimen franquista, bajo Erdogan seguían vigentes muchas de las normas autoritarias de la época militar, y Erdogan supo aprovecharlas a fondo.

En cuarto lugar, muchos turcos se han sentido atraídos por la imagen de 'hombre fuerte' de Erdogan. Aquí en Europa el presidente turco nos parece la caricatura del vejestorio cascarrabias, manducón, antipático y corrupto hasta la médula, pero en Turquía sus partidarios le perciben como el sabueso feroz que protegerá al rebaño de todos los lobos y ladrones que lo amenazan. Las purgas han afectado a colectivos que de todas formas ya eran hostiles a Erdogan, pero al resto de la población no parece preocuparle. No ve, o no quiere ver, que se pone en manos de un déspota más voraz que cualquier lobo, y que de este lance va a salir trasquilado. En una democracia el pueblo es soberano, ¿pero qué sucede cuando el soberano considera que la tarea de gobernar es enojosa, y que resulta mucho más cómodo entregarle el poder a un valido?

¿Qué va a depararles el futuro a los turcos? Por el momento, el régimen autoritario parece consolidado. El ejército esta neutralizado, la prensa hostil ha sido comprada o cerrada, los tribunales y las universidades han sido purgados y las masas no solo no protestan sino que muchos de ellos aplauden. Sin embargo, Erdogan debería seguir con atención las noticias de Nicaragua, pues existen evidentes paralelismos con Daniel Ortega. También el déspota nicaragüense parecía haber construido un tinglado muy bien orquestado para durar, pero bastó un único error –una reforma extraña del sistema de pensiones– para que se desvaneciese el espejismo y las masas veleidosas cambiasen de opinión. Quizás Ortega salga de ésta igual que Erdogan logró superar la metedura de pata del parque Gezi, pero la batalla por la libertad de Turquía no ha terminado aún.

Temas

Turquia

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos