Banderas y comisionistas

Leyendo completo el acuerdo PP-Vox, donde ni siquiera aparece la palabra vivienda, pero se dan pasos decididos hacia la privatización de servicios públicos, va a haber que hablar de imperialismo para defender la creación de empleo de calidad

VALENTÍN BERROCAL RUIZConcejal en Estepona

España es un laberinto de contradicciones combinadas de forma única. El pasado del imperio de la cruz, siglos antes de que existiese cualquier nación, mantiene una importancia de las contradicciones sin resolver mayor que en el resto de Europa. El futuro llega casi siempre de la mano de Estados Unidos, que acabó con los restos de las colonias, ahora sí, españolas. En el contexto histórico actual, el inconsciente colectivo de imperio humillado es reprimido sobre la base de «A por ellos», con provecho político para los reaccionarios. Ser fuertes contra los débiles, y débiles contra los fuertes, está dando alas a la extrema derecha.

Más que las Españas heredadas por la monarquía patrimonial como solares adosados de varios reinos con sus súbditos, nuestra nación se construye en guerras de independencia simultáneas. Las del continente americano deconstruyeron el imperio de la cruz, derrotado previamente en las guerras de religión europeas. La construcción en la Guerra de Independencia fue, pese a todo, muy matizable. Acomodadas las clases altas al yugo francés, las tropas británicas desembarcadas en la península no encontraron ningún ejército regular español para coordinar la lucha, sino a autoridades de ámbito provincial forjadas en la resistencia. Tras la paz, el Tratado de Valençay devolvió a Fernando VII con el reconocimiento internacional, pero la soberanía nacional había sido ganada ya por la guerrilla y establecida en la Pepa.

Hoy en Andalucía los autodenominados constitucionalistas, antaño nacionales, recuperan el mito fundacional basado en la conquista del reino de Granada de la Enciclopedia Álvarez, 300 años antes de la primera constitución. Raro, ¿verdad? Solo con racionalismo no lograremos hacer entender el presente, en el que las clases dominantes pretenden reconstruir España como Estado con irracionalismo supremacista y cierto manejo de las contradicciones feudalismo/capitalismo y campo/ciudad. Quizás nuestro fracaso estribe en confiar en lo evidente, porque la exacerbación nacionalista es irreal. Solo hay muchas banderas y muchos comisionistas.

No sabemos qué y cuánto habrá cobrado Steve Bannon, el asesor de Trump, a Vox, más allá del 2 por ciento del PIB para Defensa que comprometió Rajoy y refrendó Sánchez. Para tomar perspectiva podríamos remontarnos hasta el rey Felón, aunque basta con hacerlo desde Franco. Primero, la participación en la II Guerra Mundial al lado de Hitler y Mussolini; luego, las bases militares estadounidenses negociadas con Eisenhower. En democracia ha sido casi igual. González regularizó las bases, de entrada no, pero sí, y comenzó la privatización de la industria pública nacional. Aznar aceleró las privatizaciones y nos embarcó en la guerra de Irak. Más recientemente, Zapatero y Rajoy aprobaron el artículo 135. Solo quedan por vender el suelo, la sanidad y la educación. Tratarán de convencer de que es la única vía posible sobre la base del billón de euros de deuda que nos han dejado. Más que hipótesis, es una tendencia.

En 2017 las actividades inmobiliarias se convirtieron en el segundo sector que más flujo de inversión extranjera directa (IED) atrajo, 3.161 millones de euros. Los dos grandes grupos sanitarios por facturación estaban controlados por fondos de inversión extranjeros y en 2017 la IED en sanidad se cuadruplicó respecto a 2016, de 150,44 a 628,5 millones de euros, 275 alemanes y 205 estadounidenses. En educación la IED es menor, con la ventaja comparativa de que el 30 por ciento es concertada y el 5 por ciento es privada. Dada la crisis de rentabilidad capitalista mundial es lógico que existan partidarios de urbanizar todo el solar patrio y privatizar de una vez la sanidad y la educación. Para hacerlo de forma limpia respecto al tiempo y al número de sujetos implicados, el principal estorbo político son las comunidades autónomas. Ese es el significado del acuerdo PP-Vox, orquestado desde Madrid, continuación de una campaña electoral donde las fuerzas de la derecha ignoraron completamente los problemas reales de Andalucía.

Me ha llamado poderosamente la atención, porque harán exactamente lo contrario, la última medida del acuerdo: «Trabajar para que, en el marco de las ayudas a la cooperación internacional al desarrollo, se den pasos decididos hacia una gestión nacional de estos recursos». El referéndum de 1986 aprobó la reducción progresiva de la presencia militar de los Estados Unidos en España, sin embargo, las bases de Morón y Rota siguen en Andalucía.

Lejos de la gestión nacional de recursos, vamos a tener un gobierno español y constitucionalista cuyo objetivo es que Trump traiga la VI Flota a cinco millas náuticas de Cádiz, madre de nuestra patria, para crear empleo. La primera medida, «El objetivo político prioritario del Gobierno de la Junta de Andalucía será la creación de empleo de calidad», ni una palabra más al respecto, deja claro que solo han pensado pedírselo a un ser superior.

Dijo Horkheimer que quien no quiera hablar de capitalismo debía callar acerca del fascismo. Poulantzas le corrigió: deben callar sobre el fascismo quienes no quieran hablar de imperialismo. Leyendo completo el acuerdo PP-Vox, donde ni siquiera aparece la palabra vivienda, pero se dan pasos decididos hacia la privatización de servicios públicos, la bajada de impuestos a los que más tienen y la reducción de los derechos de las mujeres y de los inmigrantes para abaratar el conjunto de la mano de obra, va a haber que hablar de imperialismo para defender la creación de empleo de calidad, Sierra Bermeja, la costa, nuestros centros sanitarios y educativos públicos, el derecho a la vivienda y la igualdad de la ciudadanía.