Me bajo

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

En la 'esquina de los besos' ahora solo queda una pared recién pintada de blanco, un blanco virginal e impoluto pero frío y doloroso como una casa desalojada. Hay quienes consideran que merecemos el brochazo, aunque yo me resisto a creer que debamos pagar una factura tan ajena. Idígoras había recreado en Lagunillas la famosa fotografía de Doisneau que muestra a una pareja besándose en el París de los años cincuenta, ahuyentando la posguerra desde sus bocas. Junto al dibujo, Idígoras había transcrito un verso de Vicente Aleixandre, su poeta de cabecera: «La memoria de un hombre está en sus besos». Sin que nadie lo pidiera, ni lo necesitáramos, una mente averiada por quién sabe qué dogma cegador escribió una respuesta errada como un tiro al pie: «Y la memoria de las mujeres, ¿dónde está?». Como no tuvo suficiente, porque uno de los distintivos del sectarismo es su incapacidad de saciarse, añadió «machirulo» bajo el nombre del dibujante malagueño, un tipo sensible e inteligente.

¿Qué importa que el 9 de marzo, como tantas otras veces, Idígoras reivindicara la igualdad entre hombres y mujeres en estas mismas páginas, en aquella ocasión dibujando a Velázquez cariacontecido ante la espantada de 'Las Meninas', que habían abandonado el cuadro para sumarse a la huelga feminista del día anterior? Y en cuanto a Aleixandre, ¿por qué habría alguien de molestarse, antes de replicar a un Nobel, en revisar su biografía y obra, ejemplos de tolerancia y lucha contra la opresión? De poco sirven años de trabajo cuando se encienden las antorchas y el pensamiento y la reflexión quedan limitados al número de caracteres que sea posible encajar en un tuit o una pancarta. Entonces la verdad, cito al poeta, «rueda como un sol apagado».

Estoy de acuerdo en que el machismo, una lacra compleja y tentacular, esconde algunas de sus peores raíces bajo el lenguaje, cuyo uso casi nunca es inocente. Pero la simplificación del problema, lejos de contribuir a la construcción de una sociedad igualitaria, distorsiona hasta la parodia los objetivos reales del feminismo, con el riesgo de acabar convirtiendo a Aleixandre o Idígoras, y por extensión a cualquiera, en enemigos de no se sabe bien qué causa. Todos estamos desarmados ante el fundamentalismo de eslogan, una máquina de producir víctimas y verdugos a la que no le interesa ningún matiz que no quepa impreso en una camiseta. Porque en esto han convertido algunos su legítima lucha: en pegar el grito más estruendoso, en inyectarse los ojos de odio, en creerse dioses que han de iluminar al resto. Pues yo me bajo.

 

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