Ayer salí

Votar me hace siempre una ilusión tremenda y esta pandilla de aficionados me la está quitando

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Anoche no tuve más remedio que tirarme a las calles como una bestia que sale de toriles, con idéntica bravura y dispuesto, por continuar con un símil animal, a ponerme verraco a base únicamente de cerveza. Ahora doy gracias a quien sea por no ponerme por delante un gintonic. El zumo de cebada, oro líquido, es el temerario antídoto que utilizo contra la tristeza y la falta de conexión con el mundo que me producen la realidad y las portadas de los periódicos. Voy a los bares y miro de reojo a los parroquianos de entresemana. Estoy rodeado por gente que no perdona un jueves pero que idealmente los fines de semana se queda en casa comiendo sano y redescubriendo el agua. En las barras de los bares puede palparse el desgobierno. El IVA de las copas alimenta el presupuesto de Rajoy.

La palabra más usada esta semana es hartazgo. Este claustrofóbico clan de personajes que quieren gobernarnos es capaz de quitarnos las ganas de todo menos de ciertos acontecimientos que pasan siempre por beber alcohol o atracar una farmacia. Podrá sonar redundante, pero lo que más ilusión me hace de la democracia es votar. Mi sistema suele ser más o menos el mismo. Me recoge mi padre para hacer un camino corto en coche, aparcamos donde buenamente se pueda, saludamos a los policías porque están de nuestra parte, esquivo a los interventores, agarro en público la papeleta del partido que menos asco me da y después de escuchar el recitar de mi nombre deposito el sobre con ganas. Luego hago cualquier cosa hasta que termino encerrado en una casa siguiendo el resultado electoral como el que sigue el final de la Champions, con la diferencia de que lo que está en juego ahí no es la Copa de Europa sino una parte no se sabe cómo de grande de nuestro futuro. Quiero decir con esto que a mí una jornada electoral me hace una ilusión tremenda y que esta pandilla de aficionados está consiguiendo quitármela.

Ayer salí para olvidarme de todas las cosas que me preocupan. Entre todas ellas, que últimamente no son pocas, destaca la posibilidad de que volvamos a votar y que vuelva a salir lo mismo. Ya creía superada la sensación de vivir atrapado en una pesadilla de cuatro años en funciones y, lo que es peor, en una campaña electoral que no se acaba nunca. Estuve un buen rato en el bar (fueron dos bares al final) y al llegar a casa a una hora que siempre se me hace intempestiva me di una ducha larga, como esperando que el agua saliera negra. Lo más difícil es limpiarse las ideas y los lugares más profundos de la cabeza y entre los dedos de los pies, que es donde creo yo que se emponzoña la democracia. Por la mañana toca sortear la monumentalidad de la resaca y solo quiero hundirme en cosas buenas como la música que acaba de salir, y buscar esa sensación tan portentosa de escuchar por primera vez una canción que te gusta.