¿ES UN AUTOBÚS GRATUITO LO QUE NECESITA MARBELLA?

La iniciativa del equipo de gobierno ha despertado interés en los vecinos, pero peca de poco ambiciosa

¿ES UN AUTOBÚS GRATUITO LO QUE NECESITA MARBELLA?
Héctor Barbotta
HÉCTOR BARBOTTAMarbella

Cuando en el primer tercio del siglo pasado la ciudad norteamericana de Los Ángeles descubrió en la incipiente industria del cine el eje sobre el que iba a girar y desarrollarse su prosperidad económica, el automóvil comenzaba a aparecer como el símbolo del estatus social y el paradigma de la prosperidad que ofrecía la modernidad. Una sociedad próspera iba a ser aquella en la que todos sus habitantes tuviesen capacidad adquisitiva para comprarse su propio coche, que a la vez serviría como referencia de la posición social de cada uno. La que iba a convertirse en el escaparate del modelo de sociedad donde el esfuerzo individual garantizaba la bonanza económica tenía en el vehículo privado uno de sus paradigmas esenciales.

Por ese motivo, sus gobernantes no se preocuparon en acompañar el explosivo crecimiento demográfico de la ciudad con una red de transporte público capaz de dar servicio a lo que en poco tiempo se convertiría en una de las aglomeraciones urbanas más pobladas y extensas del planeta, sino en dotarla de las suficientes autovías y autopistas sobre las que pudieran circular los cientos de miles de vehículos privados que pronto se convertirían en millones. Hoy, Los Ángeles es una ciudad con graves problemas de movilidad y de contaminación en la que vivir sin vehículo privado es sencillamente imposible y donde los vecinos pasan buena parte de sus vidas sumergidos en un atasco permanente.

A este ejemplo de pésima planificación se le suele oponer el de Nueva York, cuyos gobernantes entendieron desde el comienzo la necesidad de garantizar la movilidad de sus vecinos con una red de transporte público que con el paso del tiempo se ha convertido en una de las más eficientes del mundo.

Si nos vamos a un caso más cercano, en la geografía y en el tiempo, se podría fijar la vista en Madrid y preguntarse qué hubiese sido de esa ciudad durante los 16 días que ha durado la huelga del taxi, incluida la celebración de Fitur, de no haber contado con la excelente red de metro expandida durante las dos últimas décadas.

La movilidad es sin duda uno de los grandes desafíos que las aglomeraciones urbanas tendrán que afrontar en un futuro no muy lejano y eso es algo que afecta no solamente a las grandes megaciudades, sino también a las de tamaño medio y pequeño. En Málaga y en Sevilla lo han visto con claridad desde hace tiempo y ambas llevan años peleando primero por la implantación del metro y después debatiendo los ejes de su expansión. Málaga, por ejemplo, no debate hoy si tendrá una nueva línea de metro, sino cuál será la próxima y si deberá ir bajo tierra o por superficie.

En Marbella, con esa tendencia tan nociva como asentada en la ciudad que parece invitar a creer que hagamos lo que hagamos estamos condenados al éxito, la movilidad es uno de los debates esenciales crónicamente postergados. A veces entretenida en discusiones absurdas y otras en proyectos que nunca llegan, entre los que la conexión ferroviaria con Málaga es uno de ellos, la ciudad parece no advertir que, salvando las distancias de dimensiones pero no de concepto, Marbella se encuentra en una situación muy parecida a la de Los Ángeles. No por una planificación equivocada cuando el turismo cambió para siempre a esta ciudad, sino por una falta total de planificación. Vivir aquí sin coche es imposible, el aparcamiento es una de las grandes losas que pesan sobre la vida cotidiana de los vecinos y también sobre su tejido comercial y los puntos negros de atasco han dejado de ser un problema fijado en agosto para dibujar un paisaje de todos los meses del año.

No es en absoluto una casualidad que todos los grandes proyectos que la ciudad ha visto cómo se frustraban en los últimos años hayan encontrado en la movilidad y en el aparcamiento una de sus principales losas. El proyecto de ampliación del puerto presentado por el jeque comenzó a enlodarse cuando la adjudicataria reclamó, sin conseguirlo, que se le aprobara una modificación sobre el plan original que incluía, sobre todo, más aparcamientos. En aquel momento la Junta valoró que los viales de acceso al recinto no serían capaces de absorber ese volumen de tráfico. La ampliación del hospital, como se sabe, también se empantanó por un desacuerdo relacionado con el aparcamiento.

Hubo, también, un proyecto del que ya casi no se habla que podría haber cambiado en un sentido positivo la configuración de la ciudad y su desarrollo comercial: la peatonalización de Ricardo Soriano. No se pudo acometer al concluirse de que no existían vías alternativas capaces de absorber todo el tráfico de vehículos.

Quien crea que la situación del tráfico y la movilidad en Marbella es una simple cuestión de comodidad y no un corsé que atenaza seriamente a su desarrollo futuro está errando el tiro.

Marbella lleva más de dos décadas reclamando sin más fortuna que ser objeto de una permanente tomadura de pelo la conexión ferroviaria con Málaga. Es sin duda una cuestión esencial. Pero no menos que la necesidad a la que se enfrenta de resolver el problema de movilidad interna de sus vecinos y de sus visitantes. De quien vive en la Divina Pastora y trabaja en Guadalmina, de quien vive en San Pedro y tiene que ir al hospital, del turista que se aloja en Las Chapas y quiere ir de compras al casco antiguo o a divertirse a Puerto Banús.

Poner la cuestión de la movilidad en el centro del debate, como ha conseguido la propuesta municipal de gratuidad en el transporte público o el anuncio de crear miles de aparcamientos, es sin duda un acierto. Pero la resolución de este gran problema requiere de proyectos de calado. Ofrecer que los empadronados puedan viajar sin tener que pagar en las mismas líneas de autobuses que ya existen, dotadas además de la misma cantidad de vehículos, no lo es.

Supone, debe reconocerse, un paso adelante, pero no se trata de ofrecer que lo que ya existe sea gratis, sino de mejorar la oferta de transporte público para que se convierta realmente en una opción que invite a dejar el coche en casa y no en el último recurso de quienes no tienen otra opción.

Es necesaria más ambición y si reclamar el tren hasta Málaga durante 20 años ha conseguido un resultado igual a cero, posiblemente haya que comenzar a exigir otro tipo de actuaciones más viables, sin duda igual de necesarias, que pueden transformar igualmente la vida en la ciudad y que el Ayuntamiento no puede afrontar con sus recursos propios.

Uno de los grandes problemas que presenta la movilidad en Marbella es su propia configuración, alargada de Este a Oeste, con sólo dos vías de comunicación en ese eje -una de ellas de pago en la mayor parte de su trazado- y urbanizaciones con una única vía de salida que configuran una estructura de peine. Esta estructura ha servido históricamente como fundamento en la argumentación de quienes sostienen que se puede hacer poco para mejorar la situación de la movilidad. Sin embargo, el problema debería afrontarse de manera inversa: partir de esa realidad adversa para transformarla. ¿Cuál, si no ése, debería ser el objetivo de la política?

 

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