LAS AUSENCIAS PERTINACES

FRANCISCO MOYANO

Como si se tratase de los periodos de sequía durante la dictadura del general Franco, la ausencia de visitas oficiales de los jefes de estado y presidentes del gobierno resulta un comportamiento pertinaz. Nuestros presidentes de gobierno suelen visitar Marbella en cuanto secretarios generales, la cumbre del escalafón, de sus respectivos partidos; de forma que demuestran ser conscientes de que la ciudad también existe, aunque se encuentre ausente de las agendas de actos oficiales. Para actos partidistas o disfrutar periodos vacacionales, aquí no falta nadie, pero venir a interesarse por los problemas cotidianos de la ciudad y sus vecinos nada de nada. Claro, para qué está el teléfono o el whasapp (se puede escribir «guasap»). Aznar, Zapatero, Rajoy y Sánchez, han venido para apoyar a sus candidatos, pero no en función de cabezas del ejecutivo. Hace tiempo que pareciera que en Marbella anda suelto algún virus, quizás bacteria, que se presume contagiosos y altamente peligroso y no solamente en periodos de tropelías políticas y exabruptos de corrupción. Similar comportamiento se ha venido produciendo por parte de los jefes de estado. El primer rey de la monarquía parlamentaria que se inauguraba con la llegada de la democracia y se respaldaba legislativamente con la aprobación de la Constitución hace cuarenta años, Juan Carlos I, jamás encontró en su largo reinado un hueco de agenda para visitar oficialmente la ciudad. Sí lo hizo en viajes privados; en más de una ocasión para visitar a «hermanos» con los que se ha mantenido una «tradicional amistad», aunque no hayan sido ni sean precisamente adalides de la defensa y puesta en práctica de los derechos humanos. «Poderoso caballero es don dinero», según observó don Francisco de Quevedo. Tampoco nadie se ha rasgado aquí las vestiduras cuando han llegado los «petro dólares». En la etapa de príncipes, Juan Carlos y Sofía, hicieron una multitudinaria visita en el mes de marzo de 1972. Posteriormente nada. El actual jefe del estado, Felipe VI, va por el mismo camino de ausencia; tampoco lo hizo como príncipe, aunque otra cuestión son las visitas con carácter privado y de incógnito. Mucho podría hablar de ello el restaurador Santiago Domínguez. Parece que esa manera extremadamente discreta, con apariencia de clandestina, de venir a la ciudad forma parte de la tradición. En ese sentido sigue resultando una incógnita la visita que el sábado trece de febrero de 1926 realizó, en secreto, el rey Alfonso XIII, que se encontraba oficialmente en Málaga, en la cuarta y última visitas que realizaría a la capital. Aprovechó el monarca y la reina Victoria Eugenia para respaldar el Campamento Benítez, inaugurar las viviendas sociales de Ciudad Jardín y el hotel Príncipe de Asturias (después Miramar), cuyas obras había visitado en su anterior visita de 1921. Vino acompañado por el general Miguel Primo de Rivera (quien pasó gran parte de la visita en cama porque enfermó), el conde de Miranda y el ministro de fomento, Rafael Benjumea, conde de Guadalhorce. Fue en el salón de actos del recién inaugurado hotel donde recibió a los alcaldes de la provincia; cabe pensar que también al de Marbella, Diego Jiménez Martín. La prensa de la época describió el salón como «digno por su esplendidez de acoger las más grandes solemnidades, cómodo, de tonos alegres y exquisitos servicios». El salón de baile lo inauguró la reina Victoria Eugenia bailando con el general Sanjurjo y el conde de Casa Valencia. El rey bailó con la infanta doña Luisa y con la duquesa de la Victoria. A pesar de contar con una agenda de actos y visitas realmente muy apretada, encontró tiempo para desplazarse, de incógnito, a Marbella. Hasta el momento no se conoce el motivo. Lo cierto es que, a la altura del Calvario, decidieron emprender el regreso a Málaga, pero fue reconocido y el alcalde, Diego Jiménez, debidamente informado, de manera que se aprestó a cumplimentar a la figura regia y a testimoniarle la inquebrantable lealtad del vecindario de Marbella, que también se había percatado de la presencia regia. El ayuntamiento mostró además la lealtad mediante comunicación telegráfica con la casa real. Sí visitó asiduamente Marbella, entre otras cosas para celebrar su cumpleaños, el «rey que no reinó» y que lo habría hecho como Juan III, don Juan de Borbón, Conde de Barcelona, quien abdicó en favor de su hijo Juan Carlos. Esperemos que las pertinaces ausencias desaparezcan. En tiempos de Franco, la sequía pertinaz se combatía con la construcción de pantanos. No parece que el método sea adecuado.

 

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