Arrecia el mosqueo por la 'colonización' malagueña en la Junta

Elías Bendodo, durante el balance de la Junta en Málaga./Salvador Salas
Elías Bendodo, durante el balance de la Junta en Málaga. / Salvador Salas
Javier Recio
JAVIER RECIOMálaga

Anda la sevillanía cada vez más cabreada por la creciente presencia de malagueños en la Junta de Andalucía y sus empresas. Se ve que el olor a malaguita no les agrada y ya sienten más bien un hedor insoportable. No han entendido que para ser cargo en la autonomía no hace falta tener en el DNI Sevilla como lugar de nacimiento. La última 'colonización' se ha producido en Canal Sur con los nombramientos de los directivos Juan Mellado, Isabel Cabrera y con la incorporación de Domi del Postigo a la parrilla del fin de semana, a los que desde aquí se les desea la mejor de las suertes. Hacía falta aire fresco en el medio público andaluz, que en demasiadas ocasiones funcionaba como la voz del régimen y que consagraba las sevillanas como estandarte de la cultura andaluza. Ha sido la gota que ha colmado el vaso. Se atragantan cada vez que se dan cuenta de que Juanma Moreno es malagueño, que Juan Marín es gaditano y que el hombre fuerte del Gobierno andaluz, Elías Bendodo, también es de la Costa del Sol. Los tres máximos dirigentes de la Junta no son sevillanos. Y eso, después de casi cuatro décadas de hegemonía, duele a la orilla del Guadalquivir. La presión hispalense no ceja en su empeño en intentar acomplejar a los nuevos dirigentes por su lugar de nacimiento, porque no tienen el pedigrí suficiente para ejercer estos cargos. Los consideran unos okupas. Y ahí es donde está el peligro: que se dejen amilanar y que tengan como primer mandamiento que todo debe seguir girando alrededor de Sevilla. No deben olvidar Juanma Moreno y compañía que ha sido la Andalucía de la periferia la que les ha dado el poder, en especial la de la zona oriental, que nunca ha estado regada de subvenciones ('eres' y tal) y que ha salido adelante por sí sola. Esta misma semana se ha publicado un informe en el que se apunta que Málaga concentra casi la mitad de la inversión extranjera en la comunidad. Por algo será. Pero el movimiento se demuestra andando. Ya han pasado seis meses y ya se han hecho los primeros balances relativos a la incidencia del Gobierno andaluz en la provincia, que lógicamente no coinciden. Los populares sacan pecho y aseguran que se ha dinamizado la obra del metro, se han desbloqueado las concesiones de los chiringuitos y los Baños del Carmen. Está por ver si efectivamente este paraje sale de la parálisis que padece, pues de momento lo que se ha acabado es la concesión sobre la zona que debe convertirse en un jardín, por lo que no hay nada en concreto que celebrar. Han sido tantas las promesas que lo más sensato sobre este particular es ser cautelosos. Los socialistas lo ven todo negro, pues aseguran, entre otras calamidades, que hay un caos educativo, que se han frenado proyectos como el avance de la nueva línea del metro al Civil y que se han disparado las listas de espera. Sobre este particular cabría recordar que a lo mejor han subido porque ya no se oculta, como se hacía antes, a parte de los enfermos. Es muy poco tiempo para comprobar si efectivamente se ha producido un gran cambio, aunque sí hay señales que apuntan hacia el optimismo. Al metro se le ha puesto fecha y es una realidad que se ha acelerado el ritmo de los trabajos. Hay un compromiso sobre el nuevo hospital y la Junta se ha mostrado dispuesta a colaborar en los nuevos grandes proyectos transformadores de la ciudad, como son el túnel litoral y el Guadalmedina. La provincia está esperanzada en que en estos cuatro años se dé un impulso real a los proyectos que tiene pendientes. La malagueñización de la Junta no puede ni debe quedarse en que haya una serie de malagueños en puestos de responsabilidad. Han sido muchos años de abandono y es de justicia que se repare. La denominación de origen de los que ahora tienen que decidir no tiene nada que ver en ello, aunque saben de primera mano la desatención que ha existido desde Sevilla a la Costa del Sol. Y esto tiene que cambiar de raíz. Hay que aprovechar estos cuatro años, por lo que pudiera pasar en el futuro («Que nos quiten lo bailao»). Por eso sería deseable que la gran mesa de madera en la que está tallado el paso del río Guadalquivir por Andalucía que está situada en la antesala del despacho del presidente Juanma Moreno no le condicione. Los detalles son importantes. Y un gran gesto de cambio sería retirarla de ahí. Que pase a formar parte de la memoria histórica de ese centralismo sevillano que no debe repetirse. Gobierne quien gobierne. Con independencia de su lugar de nacimiento.