Arqueólogos de salón

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

En cada malagueño vive un arqueólogo, puerta con puerta con el maestro Liendre, del que ya hemos hablado largo y tendido en esta columna. Indiana Jones, al que rendía devoción mi hermano Fefe, hizo tantas vocaciones como frustraciones. Estos días andan por el Perchel, con su sombrero y su látigo, en busca del arca perdida. El caso es que han aparecido unos restos árabes delante de El Corte Inglés, y ya está ahí la legión de expertos dispuestos a darlo todo, desde el sofá y en las redes, para defender el yacimiento de la Málaga que fue una Taifa en la época medieval. Han descubierto que el metro, en su devenir lento pero contundente, saca cosas del subsuelo por donde atraviesa. Ocurre que la ignorancia es muy atrevida. Es lo que tiene meterse en el tajo justo cuando está terminando, después de más de trece años a pico y pala. Debe ser que desde las atalayas altas no se veía bien el (sub)suelo. Otros sí estábamos cuando, hace ahora una década, aparecieron los restos de una Almunia (una casa de campo, también árabe) en la calle Mendívil. Entre las ruinas se encontraron tantos lápices de ojos para maquillaje que los arqueólogos ya no sabían si era más que el afortunado tenía un harén grande o que aquello realmente terminó siendo un prostíbulo. Tampoco recuerdo haberlos visto cuando afloró el alfar romano, con sus ánforas de distintos modelos dispuestas como en un escaparate, en el centro de la calle La Unión. En un lugar, miren qué bonito, que está muy cerca de donde hay un concesionario de coches que no se podía llamar más que Garum. En la necrópolis cercana, de la misma época, un historiador de ojo entrenado pudo diferenciar si los difuntos eran ricos o pobres sólo con verles la dentadura a los cráneos.

Tampoco recordarán el momento en el que fueron desenterrados, bajo un estricto control del rito islámico, unos antepasados musulmanes que dormían el sueño de los justos desde hacía unos cuantos siglos bajo la Explanada de la Estación. Más recientemente habrían podido asomarse, si hubieran querido, al obrón de ingeniería que se hizo para preservar la base del torreón nazarí qué hay debajo de la calle Callejones del Perchel; o para ver cómo volaban los muros del fuerte de San Lorenzo sobre nuestras cabezas en la Alameda, camino de su restauración para volverlos a colocar en su sitio cuando termine.

Por favor, a estas alturas de la película, no vengan a dar lecciones, Indiana Jones.