Apología del asfalto

FRANCISCO APAOLAZA

Madrid en julio es miedo, es calor y es asfalto. Es esa bocanada de gas usado cuando entra el metro en la estación empujando el aire y la suciedad. Madrid es abrir la ventanilla en un túnel y sentir en la cara la combinación nociva y sugerente de sus gases. Es pararse sobre la reja de una alcantarilla y sentir su oleada caliente y eminentemente humana. Otro de los grandes placeres de esta ciudad reventona es recorrer la Gran Vía en bicicleta entre los coches y sentir en el embotellamiento el sonido del carburador de la capital de España. Yo propongo un plan para el verano: quedarse en la mitad de la calle Alcalá junto a Cibeles, en la quinta puñeta del mar, cerrar los ojos y sentir la ciudad en su despliegue urbano: las bocinas, los gritos, los pitidos de los semáforos, los motores de las furgonetas de reparto conducidas por tipos que parecen terroristas.

Tiene su encanto este orgullo carburante, lo digo en serio. Tiene sentido en estos días en los que despliega con toda su fuerza ese rollo casi cumbayá de las terrazas, de las zonas verdes, conciertos al aire libre y toda esa filfa de planes refrescantes que salen en el telediario y que después se manifiestan en Instagram en fotos de tés con hielo servidos en tarro -ya me explicarán con qué objeto- y colores pastel. La alcaldesa misma se ha propuesto este año crear una playa artificial y una piscina de olas en la plaza de Colón, como si fuera Zarautz. Esto debe de ser el famoso gobierno del cambio. Y está muy bien todo este intento encantadoramente cateto, pero me pregunto dónde irán los psicópatas que saltan en Colón con sus monopatines y que son los únicos a los que pertenece Madrid legítimamente junto a los del tendido 7 de Las Ventas.

Volviendo a Madrid, encuentro un placer especial en bajar a las tripas de la urbe sentir su aliento de verano seco y salvaje. Hay un túnel en Azca por el que se desciende a otros túneles y en las cunetas de esos pasadizos donde ya casi no pasan los coches, detrás de los quitamiedos viven comunidades de gentes del subsuelo tumbados en colchones de cuarta mano. Tienen las caras tiznadas como mapaches por la porquería del aire y cocinan sobras con hornillos de latas de conserva llenas de carburante y cuando han terminado de comer, entonces ya te miran con ademán asilvestrado, como si estuvieran a punto de olvidar que nacieron personas. Si no has visto esos ojos, es que no has visto Madrid.

 

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