Antonio Vázquez

FRANCISCO APAOLAZA

En el último día de nuestra historia, quizás el planeta salte por los aires y nos extingamos en una bellísima explosión. La foto del fin del mundo la tendrá él. Usted mismo ha visto en este y en otros periódicos un millón o dos de imágenes que ha tomado él. Muchas de ellas van firmadas con discreción burocrática con sus iniciales. Detrás de A.V. está Antonio Vázquez, fotógrafo de 'La Voz' de Cádiz que hoy ha ganado el Premio de Defensa 2018 por retratar una despedida de una tripulación en el muelle de Cádiz.

Antonio pertenece a esa raza de periodistas que muy de vez en cuando, en días felices como hoy, asoma de la oscura covacha periodística en la que viven los fotógrafos de prensa injustamente recluidos, olvidados, maltratados y mal pagados, ninguneados en las postrimerías de los pies de foto.

Antonio -esqueleto duro, pelo negro de abundancia insultante y ojos grandes y apaisados quizás azules-, es el último cordón umbilical entre lo que pasa y nosotros-ustedes, y por eso hay que cuidarlo. Repaso ahora la memoria y lo veo en todas partes: Antonio tras el fuego de una barricada de Astilleros, Antonio recibiendo un bolazo de goma en la cara, Antonio buscando el enésimo ángulo de la foto de la rueda de prensa en el Ayuntamiento, Antonio retratando el fondo de agua y de gasoil y de cadáver de una patera, Antonio echando la papilla en la cubierta de un barco de pesca, Antonio en una guardia entre los matorrales, Antonio en un estadio de fútbol, Antonio dándose patadas para conseguir una foto de portada del viento o inventándose un retrato de la llegada de la primavera antes mismo de que llegara la primavera, Antonio en una guardia de una operación contra el narcotráfico, Antonio siempre moreno o quemado por el sol, Antonio vestido con la camiseta de Antonio oliendo a goma quemada, a fuego o a sudor, Antonio llegando tarde a casa y acariciando la frente de las niñas ya dormidas. Me dicen que Candela y Aitana son ya dos mujeres. Las supongo legítimamente orgullosas de un padre que estuvo en todas partes, del que no se habló nunca y que pasó una vida entera eligiendo objetivos, velocidades y aperturas entre ese cinturón de aparatos alrededor del pecho que le da un cierto aire de yihadista sonriente. Ahora va a tener que ponerse el traje y la corbata y montarse el tren para Madrid a recibir los honores que celebramos sus compañeros como si fueran nuestros.