LOS ANTIGUOS COFRADES

CATALINA URBANEJA ORTIZ

En estas fechas, es casi una obligación escribir sobre el mundo cofrade, que, según Paco Moyano, ha pasado de ser una efeméride anual a extenderse «a lo largo de los doce meses y ya no es algo privativo del tiempo de Cuaresma». A partir de mañana las calles, tanto de las grandes ciudades como de los pueblos más humildes y recónditos, se vestirán de gala para acompañar el paso de sus imágenes, dando colorido a uno de los eventos más representativos de este país. Porque, en opinión Fernández Basurte, la procesión, por su carácter de espectáculo público y su capacidad de aglutinar a todos los ciudadanos, constituye uno de los acontecimientos más propicios para servir de «escaparate» a la representación del orden social en la que se puede «leer» la composición de la sociedad local y sus grupos principales.

En este tipo de manifestaciones se observa una curiosa dicotomía: la religión oficial y la popular, en donde cada grupo tiene un cometido preciso pues, mientras la primera utiliza estas «fiestas de contemplación» para su misión catequizadora, el pueblo actúa como mero espectador, sin que pueda prestar otra participación que la que se le asigne dentro de las correspondientes cofradías a los inscritos en ellas.

Su origen se circunscribe a los gremios de la España medieval, agrupaciones de carácter laboral que aglutinaban a los profesionales de una ciudad para defender sus intereses. En el momento en que incluyeron en sus reglamentos la advocación a un patrón, pasaron a denominarse cofradías, apelativo que ha perdurado desde entonces. Comparto la opinión de Fernando Álvarez en el sentido de que las hermandades de Marbella no pudieron evolucionar desde la Edad Media debido a la propia inercia de la Historia, ya que en esa época toda esta zona se encontraba bajo el dominio musulmán, y no fue hasta que los repobladores castellanos, procedentes de unos territorios en los que el cristianismo estaba muy arraigado, implantaron en esta ciudad las manifestaciones religiosas de sus lugares de origen. Sirva de ejemplo el caso de Pedro García del Escuela el viejo, uno de los primeros pobladores de esta ciudad, que procedía de Jerez en donde había sido mayordomo del hospital de la Misericordia, y cuyas reglas aportó para la constitución del de Marbella.

El incremento de este tipo de agrupaciones está vinculado a la mentalidad de la época, aferrada a unos rígidos conceptos religiosos, que obligaba al creyente a vivir con la expectativa de una segunda oportunidad después de su muerte, sea cual fuera su comportamiento en la tierra. Es lo que algunos historiadores denominaron el «buen morir», un objetivo en el que se centraban cuando se acercaba el final. Es en ese instante cuando expresaban su deseo de morir «como fiel y chatolico christiano», incluyendo en sus últimas voluntades generosas dotaciones económicas hacia la Iglesia y las cofradías con el fin de reconciliarse con Dios y asegurarse su estancia en el Paraíso.

Si en la actualidad ha cambiado el sentido de las cofradías, antiguamente, ser cofrade era una inversión, una especie de seguro para la vida futura, ya que en sus estatutos asumían el compromiso de sufragar una misa por el alma de los hermanos fallecidos y acompañarlos en su entierro portando velas y luminarias, responsabilidad que se encomendaba expresamente a sus mayordomos quienes debían auxiliarles «con los sufragios que son de constitución», garantizándoles la atención espiritual que no siempre podían prestarles los familiares dado su elevado coste. Una situación que se complicaba si la difunta era una mujer, ya que la ejecución de las mandas de carácter espiritual debía ser autorizada por el marido, a quien la ley le permitía derogarlas si con ellas peligraba su economía.

Durante el Antiguo Régimen era habitual que muchas personas estuvieran registrados al mismo tiempo en varias hermandades, como el escribano Cristóbal de Valderrama, que pidió ser acompañado en su entierro por las cofradías «de la Misericordia y San Sebastián, de la que es hermano», o Alonso Bazán que dejó 58,5 reales a cuatro hermandades.

En Marbella las más populares fueron las de la Misericordia, Santa Catalina y la Vera Cruz que incrementaron su patrimonio con los legados testamentarios de sus hermanos económicamente más favorecidos. María Ruiz, viuda de Alonso García de Aguilar, dispuso que acompañasen su cuerpo los beneficiados, capellanes, cura y sacristán de la iglesia mayor y los frailes del monasterio de la Trinidad. También las cofradías de la Misericordia, San Sebastián y la Vera Cruz, «de que soy hermana», donando a esta última una haza de tierra en el arrabal, situada «entre la casa de Cobaleda y la huerta de Sancho del Campo», cesión condicionada a que «los hermanos de la dicha cofradía digan por mi ánima en cada un año para siempre jamás, una misa rezada en el día de la Encarnación».