Ante el dolor de los demás

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

Cae en mis manos, desgajado de un anaquel perdido de mi biblioteca, un ensayo de la ya desaparecida intelectual estadounidense Susan Sontag: narradora, crítica de arte, militante de causas justas. Sontag era tan admirada como vilipendiada, y eso, a mi entender, significaba que había nervio y debate en sus disquisiciones. El opúsculo que recupero, titulado 'Ante el dolor de los demás', aborda el tema de la aceptación de la violencia y su peso sobre nuestra existencia. Su autora se pregunta de qué forma puede reaccionar el espectador pasivo cuando, a través de la pantalla de televisión, Internet, redes o sofisticadas fotografías de prensa, se enfrenta a los horrores y atrocidades que tienen lugar a lo largo y ancho del mundo. Las grandes catástrofes que observamos impasibles, como, por ejemplo, el persistente conflicto sirio, la hambruna en Djibuti, Sudán y Libia, los aplastamientos de niñas indefensas -secuestradas, violadas, vendidas- que son el alimento diario entre los pederastas del primer mundo, la pobreza real en nuestro propio país, en nuestra ciudad, y en la ajada y decadente Europa; y no sólo las catástrofes que levantan polvo y generan ruido, no sólo, ¿en qué lugar de nuestra conciencia situamos las desdibujadas imágenes de esos líderes higienistas del nacional-fascismo otra vez imperante que vuelven a alzar la mano en Suecia, Hungría, Polonia y Alemania -por cierto, ayer en Hamburgo, se produjo un incidente similar a los previos de la ascensión de Hitler, con su dosis de odio y pistola en mano-; y más allá, los degenerados emblemas de la sociedad del espectáculo a través del cual se vende en hora punta que una señora se opere la papada jaleada por periodistas que no lo son mientras la vacua recurrencia de la hermandad política, unos contra otros, se inventa hagiografías portátiles y magisterios del universo mientras mienten más que parpadean y la crisis golpea más y más, y a este despropósito se debe añadir el brote nacionalista, retransmitido minuto tras minuto, que falsea la identidad y la historia, y poco puede hacerse, solo mirar, callar y pagar las deudas por servicios incumplidos, incluso administrando nuestra angustia a bajo precio, durante el piélago nocturno, donde el fisco se transforma en el Monstruo del Lago Ness.

Lo anticipó André Breton, «la belleza será convulsa o no será», puntualiza y disecciona, Susan Sontag: «El ciudadano, atrapado en un laberinto de imágenes que avanzan y retroceden, se encuentra en la misma posición que el lacayo tras la cámara, no tiene escapatoria, su vivencia es nauseabunda»; esta visión apocalíptica, aunque tele-íntima, sólo pretende aterrorizarnos y lograr, de esa manera, un registro pasmoso y trágico de los acontecimientos; lo que ocurre es que la realidad supera la ficción, existe un paisaje moral sangriento, aunque la sensibilidad ética moderna impide, en muchas ocasiones, que se nos muestre la totalidad de nuestro fracaso colectivo. Y encima si se enseñan miles de huesos de Auswitch o los que dejó el régimen de Pol-Pot, parece que somos más demócratas. Sin hacer nada, sólo mirando.

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