UNA LEY PERO... ¡EN EL AMOR!

Mª ÁNGELA CANTUESO

Tardé mucho en comprender esta verdad. De pequeña, a menudo me preguntaba por qué Dios parecía imponernos sus leyes, sus mandamientos, que a veces parecían tan lejos de lo que mi corazón y mi razón dictaban. No fue hasta más tarde, cuando descubrí y experimenté que ese Dios era mi Padre y entonces cambió todo, comencé a «fiarme de Él». Y pensaba «Él no puede mandarme nada que me haga daño, busca mi felicidad, la plenitud de mi vida».

«El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas» ¿Pero de qué mandamiento habla la Escritura y el mismo Cristo? Del mandamiento del amor, de la misericordia, que es universal. ¿Por qué debo cumplirlo? Simplemente porque está en juego nuestra felicidad. Si amamos de verdad, cumplimos su ley porque, como nos recuerda San Agustín: «Ama y haz lo que quieras». Se aprecia muy bien en la parábola del buen samaritano del evangelio de hoy.

No olvidemos que estamos creados para el amor y, por lo tanto, para Dios, que es el sumo Amor. Esa es nuestra ley y la tenemos que reflejar en hechos. Cristo mismo dijo: «No sólo el que dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre». No valen las palabras, las mil justificaciones que nos creemos para no hacer lo que la misericordia nos dicta. No seamos «levitas» sino buenos samaritanos para nuestros hermanos.