Amarillo es

JOSÉ ANDRÉS TORRES MORA

Hace unos días cogí un taxi al salir del Congreso, el taxista me preguntó si soy diputado, y citando la frase final de 'Con faldas y a lo loco' le dije bromeando, «sí, nadie es perfecto». El taxista empezó a hablarme en nombre del pueblo, es decir, del pueblo en su totalidad. Es algo que yo agradezco mucho, porque ahorra bastante trabajo. No es lo mismo tener que hablar con mucha gente, asociaciones, sindicatos, compañeros de partido, diputados de otros partidos, mirar informes, estadísticas del INE y encuestas de opinión, y tratar de encontrar un punto de coherencia en toda esa realidad tan diversa y contradictoria, que te den todo ese trabajo hecho en una conversación con el pueblo en persona. Y, la verdad, de un tiempo a esta parte me ocurre con bastante frecuencia. Voy al médico, me monto en un taxi, me encuentro con un viejo compañero de colegio y, como en 'El exorcista', de pronto el pueblo se encarna en ellos. Antes esto solo les pasaba a algunos políticos, como Hugo Chávez, cuando decía: «Exijo lealtad absoluta a mi liderazgo, porque yo no soy yo, yo soy un pueblo, carajo, y el pueblo se respeta». Ahora el fenómeno se ha democratizado, y hoy le puede pasar a cualquiera. Incluso a usted, querida lectora, o lector, le puede ocurrir el día menos pensado.

El asunto es que el taxista en cuestión me informó de que se está preparando un «chalecazo amarillo» del transporte público en nuestro país, y que nos íbamos a enterar. «En realidad -le dije- ya nos enteramos todos este verano de lo poderosos que son ustedes, cuando paralizaron las ciudades más grandes de nuestro país sin avisar, y convirtieron a la gente que necesitaba circular por ellas, en un instrumento para poner de rodillas a un gobierno democrático. Todo ello sin avisar, ni negociar previamente. ¿Se imagina que hicieran lo mismo los sanitarios? También ellos se sienten maltratados, también ellos, si actúan con la misma contundencia y radicalidad pueden convertir a cualquiera de nuestros hijos en un instrumento para poner de rodillas al gobierno, negándose, de un día para otro, a atender las citas y las operaciones ya programadas. En una sociedad en la que todos dependemos de todos, hay mucha gente imprescindible que piensa, seguramente con razón, que no es tratada como merece».

Últimamente me asalta la pregunta de qué ocurre con el resto de nosotros cuando, como me sucedió el otro día con el taxista, el pueblo se encarna en mi interlocutor. Si el pueblo es él, ¿quiénes somos todos los demás? ¿Quiénes somos esa abigarrada multitud de personas con diferentes intereses, valores, problemas y soluciones que, por millones, formamos esta sociedad? Si el pueblo son los centenares o los miles que un día, sin avisar ni negociar, hartos de todo, se ponen los chalecos amarillos y deciden ocupar las rotondas y parar el país entero, ¿quiénes son los que se quedan bloqueados en sus coches? Como sigamos así, vamos a tener que inventar los sindicatos, los partidos y la democracia parlamentaria, si no, al tiempo.

 

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