Alegría seductora

RAFAEL J. PÉREZ PALLARÉS

En demasiadas personas se echa de menos, como compañera de vida, la alegría. Las miradas tristes, agónicas y olvidadas; los alientos que exhalan alcohol, abandono y suciedad; las vidas expoliadas, rechazadas e insatisfechas evidencian que hoy el don de la alegría ha quedado escorado para muchas mujeres y hombres. En medio de la llamada sociedad del bienestar la alegría ha quedado olvidada y desconocida para demasiadas personas como si se tratase de un bien escaso para algunos privilegiados.

Demasiado tedio y tristeza hay en múltiples vidas; vidas vecinas y cercanas, hasta el punto que perder esa cualidad y tan humana ha colocado en el disparadero de la muerte a muchas personas. Real o emocionalmente. ¿Qué está pasando para que haya personas que tengan miedo a vivir? Con alegría se puede vivir, más allá de los problemas con los que la vida nos escupe a la cara. Sin embargo, la pérdida de sentido de la vida, la falta de fe en Dios o en la vida, la ausencia de equilibrio emocional empotra a mucha gente contra una crudeza extraña y desconocida por lo que de natural tiene la vida. La vida además de sufrimiento es también y sobre todo, alegría. Conviene recordarlo. Una alegría purificada, limpia y clara íntimamente unida a la prueba. Quizá por eso, cuando la alegría nos toma por sorpresa, parece que fuera parte de nuestra naturaleza, que responde a la lógica de la existencia: que ella está y sólo se trata de reconocerla y hacerla nuestra. Y es que es así. La alegría es don que el creyente reconoce regalo de Dios y virtud necesaria de cultivar y cuidar. Es fruto de un espíritu limpio y una vida de cierto equilibrio. Sin embargo, tampoco podemos olvidar que para muchas personas la vida se parece más a una guerra que a un prado de flores. Quizá es entonces cuando más conviene recordar el refrán británico: «Detrás de cada nube hay un rayo de sol» o su equivalente español: «La esperanza en lo último que se pierde»; una esperanza que nos lleva a creer firmemente que la alegría está en todas partes e incluso a sabiendas que a ésta se llega a veces a través de un encuentro azaroso. De hecho, cuando nos toma por sorpresa se evidencia que forma parte de nuestra naturaleza porque responde a la lógica de la existencia: allí está ella seductora, transigente, buscándote.

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