La alegría

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Estación de Sants, Barcelona. Anteayer. En la larga cola del AVE con destino a Córdoba y Málaga un grupo de ocho o diez personas daba la nota. Literalmente. Palmeaban, entonaban bulerías y amagaban zapateos alborantdo la cola. Un par de ellos llevaba a la espalda, enfundadas como amenazantes armas, sendas guitarras. Los gallos de la cuadrilla lucían los cogotes repelados por un delineante y tupés de dos pisos. En las pausas del flamenqueo, alguno deambulaba por la planicie pulida de la estación, abría alguna puerta prohibida y se encogía de hombros y reía su propia gracia cuando hacía saltar la alarma. Orgullosos de ser el centro de la atención, expansivos, casi explosivos con sus voces arrastradas por la juerga. Querían que el mundo entero y los malafollás de los catalanes supieran en qué consiste ser andaluz.

En cierta ocasión, hace años, el magnífico escritor granadino-malagueño Justo Navarro abordó, de otro modo, el mismo asunto. «Ser andaluz es no ser andaluz», dijo Justo en medio de un congreso que trataba de derimir si existía una literatura específicamente andaluza. Ser profundamente andaluz consistía entonces en estar conectado por unos finísimos filamentos con la hondura serena de Antonio Machado, con el alto voltaje de Juan Ramón Jiménez, el senequismo, la mirada oscura de Velázquez o el laberinto de Góngora. Ser andaluz, se deducía en aquel encuentro en el que estaban Castilla del Pino, Francisco Ayala o Caballero Bonald, era pues, estar lejos del andaluz profesional. Lejos de esos hijos del peor destello canalsurista que palmeaban y hacían de sus maletas tambor, caja de resonancia para demostrar su retumbante identidad, su alegría atávica.

No sabe uno si esa es la alegría a la que se ha referido la presidenta de la Junta al declarar que la alegría es compatible con el talento. Apuesta Susana Díaz por exhibir y airear «las verdades de Andalucía». ¿La verdad de Andalucía es la alegría? Seguramente la presidenta no se refiere a esa efusión profesionalizada y obligatoria que exhibía la tribu de Sants ante el silencio y la ceja alzada, no solo de los catalanes, sino de la mayor parte de los andaluces que por allí andábamos. «Mi arma, la que vamos a montar», chamullaba una de las flamencas. Queriendo desmontar los clichés, Susana Díaz ha pasado rozando el pantano de la caricatura. Ser andaluz no consiste en andar cejijunto o muerto de risa. Esa es una trampa en la que caen de forma reiterada las señoras del PP con ADN del barrio de Salamanca o los más altivos catalanes enriquecidos con sudor sureño. Esa gente que orgasmea cuando ven a alguien sonarse los mocos con una bandera española pero que produciría una descomunal dosis de bilis si un Moranco se aliviase la nariz con una estelada, y no digamos con una senyera. Mejor dejarles a ellos el fantasma de la alegría y de la sandunga, ese cliché que tanta grima da. La misma que ver cómo esos flamencos, simbólicamente, se sonaban las narices en la bandera andaluza. Eso sí, llenos de alegría.

 

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