Por el ojo de una aguja

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

Existendiversas interpretaciones de la frase de Jesús de Nazareth citada en el Evangelio Según San Mateo, 19, 23-30: «Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los Cielos», sí, desde luego, múltiples interpretaciones, pero en el fondo todas coinciden en que los ricos en la tierra vagarán después por el limbo eterno o arderán en las llamas del infierno. El amasijo de las grandes fortunas es un tema que fascina al despectivamente llamado «pueblo llano», en el que me incluyo, no por razones estamentales, no, sino más bien por la llaneza en que se encuentra, la mayoría de las veces, mi cuenta corriente, incluso mucho peor que la de los miembros del antiguo Tercer Estado, ya que el pueblo, siempre cargado de sabiduría -parte de los acervos culturales provienen de sus enseñanzas- se engañan muy pocas veces, y al contrario, más bien son -somos- engañados.

La cuestión es que leo atentamente la lista, y veo las fotos, que SUR ha publicado, de las treinta personas más ricas del mundo, según el escalafón anual que realiza la «prestigiosa» revista Forbes, y compruebo que en realidad son menos, porque si se revisa bien, aparte de Bezos (Amazon), Gates (Bill), Arnault, Pinault (ambos industrias de lujo), nuestro Amancio Ortega (Zara y sus adláteres), Zuckerberg (Facebook) o Slim (venezolano), que aparecen como personas físicas, surgen clanes que se disocian, familias como los Walton (aparecen tres), los Koch (otros tres) y los Mars (attack), emergen disueltos en una cadena de influencias tan imparables como insoportables. Algo que me ha llamado poderosamente la atención es que la mayoría de los elegidos carecen de lo que se denomina «clase» o «estilo», algo que obsesionaba a los antiguos dioses de la fortuna: conseguir dinero para ornamentar la existencia. Más claro. Si se cambiase el título de la galería de fotos que se ha publicado y rezara como: «Esta es la foto del grupo de vecinos que ayer alborotaron las calles de Málaga y han pasado a disposición judicial», no pasaría nada.

Se han derramado ríos de tinta sobre la forma en que se consiguieron las grandes fortunas contemporáneas, sobre todo desde el principio de la revolución industrial. Un halo de sospecha enturbia el ascenso pecuniario y social de familias tan poderosas como los Rothschild, reyes de la banca; los Vanderbilt y sus ferrocarriles; los Nobel, de donde provenía el ingenuo Alfred Nobel, que creyó en la dinamita como elemento persuasivo y no como arma destructiva; los Rockefeller y el mito del petróleo; Cecil Rhodes y su imperio diamantino; Ford y sus automóviles; y los últimos de esta saga, dos empresarios navieros: Stavros Niarchos y Aristóteles Onassis. Faltan muchos, los Krupp y los Thyssen, por ejemplo, o el tremendo Marqués de Salamanca, arriba y abajo como en una noria. Pero estoy citando cabezas de listas avezados en estirar el plusvalor, ese que Marx fundamentó como un arma inmoral. Y no le faltó razón al criticar el margen del margen de los beneficios. Un poco de contención.