Acostumbrados al olvido

JOSÉ MANUEL BERMUDO

La rutina de esperar puede convertirse en algunos casos en una parte de la enfermedad, en un componente más de los síntomas que algunas personas tienen, aunque muchas de ellas no se den cuenta. Quizás se haya convertido en desesperanza, en un aumento de la soledad o en claudicación definitiva, comprobando con el paso del tiempo que es inutil mantener la ilusión sabiendo que poco o nada se puede hacer. Solo la espera.

A ciertas edades puede parecer que todo importa poco, pero es precisamente cuando se envejece cuando más se notan las ausencias: ausencia de cariño, de compañía, de cuidados que no pueden tenerse por si mismo, de una atención preferente porque los años van pasando y con ellos la propia autonomía. A su lado las cosas pasan rápidas, cada vez más, a un ritmo que ya no se puede mantener, con nuevos métodos que no se saben manejar, porque los nuevos tiempos imponen su ley y se detienen pocas veces para mirar alrededor y moderar su marcha.

Nuestras esperanzas de vida han ido aumentando progresivamente por lo que la población anciana es cada vez mayor. Vivimos más tiempo, afortunadamente, aunque eso suponga un aumento del gasto público para cubrir las necesidades que los mayores requieren. Y nadie podrá decirles que no se han ganado los cuidados porque en su gran mayoría han dedicado su vida al trabajo, un esfuerzo no siempre reflejado en las cifras de cotizaciones que finalmente marcan la cuantía de una pensión que suele ser en muchos casos insuficiente.

Preocupan la falta de lugares adecuados para que los ancianos sean atendidos en la etapa final de su vida. En Marbella, una consulta realizada por el ayuntamiento entre los vecinos dejó bien claro que la primera preocupación, en cuanto a proyectos pendientes se refiere, era la construcción de una residencia para mayores que parece alargarse en el tiempo, aunque hace veintiocho años que una familia local cediera el lugar donde podría instalarse. Las farragosas cuestiones burocráticas y la falta de una contundente actuación política han impedido llevar a cabo un proyecto cada vez más necesario.

En estas cosas el tiempo no perdona y por cada año perdido se multiplica el tiempo que hay que recuperar. Una ciudad del nombre de Marbella, asociada al mundo del lujo y del glamour, debería contar con una residencia pública desde hace años, una necesidad patente que reclama la población, aunque los futuros usuarios de las instalaciones sean los que menos alcen la voz. Pero hasta su silencio puede oirse cuando al solicitar una plaza en alguna residencia concertada con la Junta de Andalucía se les responde que las plazas subvencionadas tienen un tiempo de espera cercano a los dos años. Y es que no todas las pensiones llegan para pagarse algunas instalaciones privadas que existen en el municipio, magníficas, eso sí, pero con precios prohibitivos para algunos.

El tiempo de espera puede ser incluso superior si lo que se solicita es una persona cuidadora por unas horas, por lo que son las familias las que siguen asumiendo unas tareas que a veces les resulta imposible, sobre todo si es precisa una constante vigilancia médica.

De fondo llegan otras voces, las de políticos discutiendo permanentemente para no aprobar nuevas cuentas y, por tanto, proyectos pendientes, voces que a algunos les suenan a nuevos tiempos de espera. Y llegan nuevas elecciones en las que se volvera a hablar de nuestros mayores, mientras las necesidades crecen.

Mejor terminamos con un poema que Alejandro Pedregosa dedica a nuestros mayores, surgido de ver como en el barrio de su niñez, la Divina Pastora, los ancianos se mueven con dificultad: Los pies de la gente de mi barrio/ son deformes./ Están creados por negras amapolas/ de tiempo y de trabajo./ No son la base de un templo/ ni grises cimientos de obras/ son las garras de un animal/ herido por el agua/ y por los vientos del sur.