EL ABASTECIMIENTO DE SAL EN MARBELLA

CATALINA URBANEJA ORTIZ

El alfolí de la sal de Marbella pudo estar situado en la antigua marina, lugar en el que se concentraban los almacenes industriales y que puede considerarse antecesor de los actuales polígonos. Se denominaba «toldo» y en su recinto se realizaba un comercio de menudeo en el que se compraba por fanegas, cuartillos, almudes o celemines; una actividad poco conocida debido al escaso interés que ha despertado entre los historiadores pese a que, a través de él, podrían trazarse interesantes aspectos del discurrir diario de la ciudad.

La sal constituía un monopolio que Castilla heredó de los nazaríes al que dotó con sus particulares criterios. Su funcionamiento estaba perfectamente regulado, pues dependía del administrador de Salinas y Toldos, quien delegaba en los «receptores», especie de funcionarios encargados de su control y su distribución, así como de procurar que no quedaran desabastecidos. En el obispado malacitano funcionaban tres toldos: Puerto de la Duquesa, Marbella y Málaga, que se proveían del Puerto de Santa María, utilizando para sus transacciones el transporte marítimo. Cuando llegaba el navío, pasaba a inspeccionarlo una comisión encargada de fiscalizar la carga que posteriormente se depositaba en laúdes para llevarla «hasta la lengua del agua», desde donde esclavos y jornaleros la acarreaban hasta el alfolí, dentro del cual esperaban el escribano, que levantaba acta, y el receptor, que abonaba el flete.

Su precio era muy desigual entre las diferentes ciudades, puesto que en Marbella se pagaban 7 reales por fanega frente a los 6 de Málaga; la venta era al por menor debido a que, al ser un producto estanco, su acaparamiento quedaba prohibido a los particulares. El incremento de los precios se justificaba en la merma que sufría la mercancía durante la travesía, especialmente con climatología adversa en que se perdía la mitad. No obstante, esta reducción ya estaba contemplada en la propia normativa de los toldos, pues contaban con dos medidas diferentes: una, empleada en los barcos para contabilizar la mercancía recibida y otra, sensiblemente inferior, para la venta, de forma que, de cada fanega recibida, «venía a aver fanega y media por la medida por donde se vende».

En la España del Antiguo Régimen, la sal era tan imprescindible como son hoy el frigorífico o el congelador, ya que de ella dependía la pervivencia de muchas actividades económicas, especialmente la pesca y sus derivados; o el consumo doméstico, pues alimentos tan populares como las anchovas y sardinas, debían sumergirse en salmuera para su conservación. Igualmente se beneficiaba el concejo para cubrir su déficit, puesto que los Reyes Católicos habían concedido a Marbella carta de franqueza autorizándole a imponer una sisa anual sobre la venta de la sal con el fin de pagar sus salarios a los guardas de la costa.

Considerado un artículo de primera necesidad, su falta acarreaba serios problemas a los vecinos, pues el abastecimiento de aquellos bienes de consumo de los que carecía la ciudad, estaba en manos de los arrieros, a quienes las ordenanzas obligaban a introducir en la alhóndiga una carga de pan u otros comestibles a cambio de la que sacaran de pescado. Por ello, cuando arreciaba el temporal, los barcos no podían descargar y los capitanes pasaban de largo hasta el siguiente toldo, Marbella quedaba desabastecida, ocasionándose un fuerte descalabro y una espiral de acontecimientos que giraban en torno a la sal, pues la ausencia de los arrieros frenaba la entrada de alimentos y se paralizaba la venta del pescado. Como dijo un vecino en 1576, la «çibdad y vezinos della padezían nezesidad y morían de hambre porque, como los harrieros savían la falta de sal que avía, no venían con bastimentos».

Y así era, pues de esta vorágine, las primeras en sufrir las consecuencias eran las pesquerías, que no podían conservar las capturas salvo que los armadores se desplazaran al Puerto de la Duquesa o a Málaga para comprarla. Este problema afectaba a toda la población, aunque en mayor medida a los hogares más humildes, en donde las amas de casa hacían sus amasijos «con el agua de la mar, y echavan en las ollas de la dicha agua por no tener posibilidad para embiar a comprar la dicha sal». Una solución que dejaba secuelas en la salud de los consumidores.

La otra cara de la moneda, más optimista, la representaba la incesante actividad desplegada en torno a los barcos que fletaban la sal, utilizados por algunos avispados hombres de negocios como medio de transporte para sus redes comerciales. Fue el caso del receptor del toldo Antonio García Copín, que aprovechaba el regreso de los barcos, ya liberados de su cargamento, para enviar a sus socios de Cádiz mosto, vino añejo, pasas de sol, agua de azahar y piezas de lienzo, producidos en esta zona.