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En las cosas que pasan en la calle también se cuenta a la gente que pasaba por allí

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Está bien escuchar a los que dicen que hace quince o veinte años el centro de Málaga no se podía pisar del peligro que tenía, porque tienen razón. En aquella época como te fueras tres calles más arriba te encontrabas con escenas tremendas, tierras de nadie, el típico hipermercado de drogas duras atendido en plena calle por delincuentes desdentados junto a una juventud que daba miedo verla; flora y fauna local que ahora se encuentra (queremos pensarlo) en peligro de extinción gracias a un montón de cosas distintas que han pasado en este tiempo. Seguramente una de ellas sea el turismo, que ha hecho tanto bien a territorios más o menos vírgenes de la Costa del Sol, pero que en el casco urbano del ahora está provocando justo el retorno del proceso, es decir, que otra vez el centro de Málaga no se pueda pisar.

La zona desde luego ya no es tan peligrosa, más bien al contrario, pero algunas veces parece que algo está como a punto de estallar. Durante la noche del último sábado fue el escenario de una batalla campal propia de una ciudad en conflicto. Cualquiera que conozca cómo está la situación sabe que no es un hecho aislado. Raro es el vecino que no ha tenido que llamar alguna vez a la policía por algún altercado en los últimos años. Algunos ya se conocen a las teleoperadoras. En la Feria se produce cada día este fenómeno en el que una masa borracha se planta ante la policía local. Porque el hecho de que las fuerzas del orden no hayan sido capaces de controlar a 300 energúmenos en pleno 'prime time' de la noche no resulta tranquilizador. Ni siquiera sabemos a ciencia cierta que fueran tantos porque ya sabemos cómo son las cosas que pasan en la calle: que se cuenta a la gente que pasaba por allí. Lo que cabe preguntarse en cualquier caso es si está lo suficientemente dotada la policía local como para protegernos de los peligros que provoca el desmadre turístico habitual que el Ayuntamiento está permitiendo.

Pocos días después hemos sabido que todavía no están por la labor de poner ningún límite a las despedidas de soltero, sin embargo al oficio más antiguo del mundo sí que se los pone. Lo mismo tenemos que esperar siglos para que se empiecen a dar cuenta del problema y dejen de perder el tiempo en reuniones absurdas con los sectores implicados donde la única que falta por aparecer es una estríper. Hace pocos años, entre tantos golpes en el pecho, algunos temían que acabáramos pareciéndonos a Barcelona. Ahora el terror es parecernos a Magaluf. Sabemos que se distinguen en unas pocas letras pero no sabemos qué pasará si seguimos defendiendo que vivir exclusivamente del turismo es la mejor idea y si para ello tenemos que convertir el centro de la ciudad en un negocio para cuatro y en un decorado para que lo vivan los demás.