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Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

El Tour es la Sinfonía de Julio, el aliado contra el terral en sobremesas de café y helado de turrón. Lo saben bien mis queridos Jesús Nieto y Joaquín Cuevas, que también vibran cuando los tubulares se desangran sobre el asfalto abrasador y el pavés ajado de 'La Grande Boucle'. Y, sí, hay algunas de esas tardes de julio que son memoria emocional viva. Hace 18 años de la gesta de Javier Otxoa (Baracaldo, 1974) en Hautacam: 150 kilómetros de escapada, solo, con frío, lluvia y cuatro puertos de montaña que le dieron la victoria en el día en el que Armstrong sentenció su segundo Tour. Pocos meses después, todos los sueños de Otxoa acabarían en una cuneta de Málaga cuando entrenaba con su hermano gemelo Ricardo entre Cártama y la capital. Un coche los arrolló por culpa de la distracción del conductor. Ricardo murió en el acto. A Javier las secuelas le truncaron su carrera en la élite y pasó al deporte adaptado.

Pero, en fin, eso también es el ciclismo: tragedia y épica. Como la de esa inolvidable tarde de julio. Unos dos meses antes, puede incluso que algo más, habíamos coincidido en Málaga, en la tienda de Campos Lorca, nuestro territorio común. Javier pasaba entonces largas temporadas aquí, de donde era su novia y a donde venía huyendo del frío de Berango para la preparación invernal. Aquel día ya me advirtió:

-«Antonio, este Tour voy a hacer 'algo'».

-«Joder, Javi, el Tour es mucho Tour».

-«Sí, pero no te olvides de que Otxoa en euskera significa lobo».

Nos reímos, apuramos el café y proseguimos con nuestras vidas. Hasta que, después de comer, aquel 10 de julio alguien me llamó y me dijo: «Pon la tele, Javi va escapado en el Tour». Recuerdo el trayecto entre casa y la Redacción, pegado al relato de Javier Ares. Otxoa había saltado a pocos kilómetros y se enfrentaba solo a los colosos pirenaicos antes de llegar a Hautacam: Marie-Blanque, Aubisque y Soulor.

Dicen las crónicas de entonces que el último puerto, el que lo convirtió en héroe de un país en aquella canícula del año 2000, tardó en subirlo 27 minutos y 41 segundos. Ese debió de ser el tiempo que pasé con los ojos clavados en el televisor de SUR. No estaba para nadie. Absorto en la gesta, con la carne de gallina como en una media verónica de Ponce. Porque el ciclismo y los toros, sin ser lo mismo, tienen algo en común. Cuando hay verdad lo que se transmite es sentimiento. Y Javier aquella tarde fue pura verdad. Contaba luego que los últimos cinco kilómetros no veía por la fatiga incrustada hasta el tuétano. Y el americano que venía a su caza como un misil por detrás. La voracidad de Armstrong. Hoy sabemos que todo aquello era fruto de una ingeniería trucada del metabolismo, pero entonces sólo veíamos a una fiera insaciable. Hasta aquel día que un lobo le plantó cara. Y lo logró, vaya si lo logró. Y recuerdo que lloré, vaya si lloré.

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