Trump primero

En su primer discurso siguió comportándose como si estuviera en un plató y no consiguió elevarse y convertir su toma de posesión en un acontecimiento inspirador para el conjunto de su país

JOSÉ MARÍA DE AREILZA

Ayer no solo llegó Donald Trump a la presidencia de EE UU, se inauguró una nueva era en la política americana. En su primer discurso el mandatario siguió comportándose como si estuviera en un plató de televisión o en un mitín electoral y no consiguió elevarse y convertir su toma de posesión en un acontecimiento inspirador para el conjunto de su país. Utilizó como de costumbre la demagogia y enfrentó a los políticos de Washington con sus votantes. Enarboló como única idea fuerza 'América primero', expresión de un nacionalismo tosco y agresivo.

Algunas de sus proclamas conectaron con el ideario republicano, al ensalzar la iniciativa individual. Otras, sin embargo, fueron más propias del pensamiento demócrata, como los planes de inversión pública en infraestructuras. Pero yerraríamos si las analizásemos a través del mismo prisma con el que en su día situamos el inicio de presidencias como las de Barack Obama o de George Bush hijo. Mucho más que sus antecesores, Trump proyecta en su manera de entender la política y la democracia sus tics personales, la búsqueda de reconocimiento mediático y el deseo de ganar a toda costa en cada 'jugada'. Lleva muy a gala ser un 'outsider' del sistema, un hombre hecho a sí mismo, que ha alcanzado el éxito empresarial, televisivo y ahora político sin hacer caso de consejos y convenciones y sin tener que moderar su comportamiento para hacerlo menos errático o imprevisible.

Su radical independencia frente a los patrones civilizados de comportamiento va a poner a prueba el sistema constitucional de EE UU. Al mismo tiempo, no fue una persona sino una dinastía la que ayer se instaló en la Casa Blanca. Trump se entiende a sí mismo como una marca mercantil que comparte y extiende a sus hijos y familiares.

El presidente número 45 de EE UU ha perdido popularidad en la transición desde la votación del 8 de noviembre, posiblemente por no aceptar que ha llegado el momento de la autocontención y el respeto a las instituciones y las exigencias del cargo. Le cuesta la presencia continua en Washington y la separación clara de sus negocios y aún no se toma en serio el trabajo que hacen las agencias de inteligencia. Sus primeros pasos en la escena internacional, confrontando a China, Europa y México, y haciendo grandes planes para cooperar con la Rusia de Vladímir Putin han llenado de temor a muchos.

No obstante, el presidente Trump, con su peculiar estilo, representa a una América oculta, que tiene miedo al futuro y se ha tomado en las urnas la revancha frente a la corrección política y el ensalzamiento de la diversidad cultural de los demócratas. Tras ocho años de Obama en la Casa Blanca, era el turno de un republicano. Trump ha tenido la habilidad de presentarse como tal y con un discurso populista, nacionalista y transgresor derrotar a la docena de oponentes en las primarias del partido de Lincoln. La debilidad de la candidata demócrata hizo el resto. Ayer, al nuevo presidente no le importó el boicot a su toma de posesión de las estrellas de Hollywood y de los cantantes más internacionales. En el fondo le halagan estos gestos, así como las manifestaciones y protestas en su contra.

La única celebridad es él, le van los enfrentamientos y le basta, al menos por ahora, con la música de la banda de los marines y de los intérpretes de música country. Ayer regresó a Washington el populismo que encarnaba hace casi doscientos años el general Andrew Jackson. Asistiremos a partir de ahora a muchos vaivenes, improvisaciones y radicalidad en el reino de Trump primero.