Málaga y 'sus' Premios Nobel

La pequeña escuela de don Ventura tuvo el honor de acoger en su aula a dos niños que, con el paso del tiempo, serían distinguidos con el premio Nobel. ¿No sería posible que una modesta placa o inscripción lo recordara en la fachada de esta casa?

VÍCTOR HEREDIA. HISTORIADOR

El sábado pasado se celebró la ceremonia de entrega de los Premios Nobelen Estocolmo. Málaga no cuenta entre sus naturales con ninguna persona que haya recibido este prestigioso reconocimiento de fama mundial, pero sí tuvo entre sus vecinos a dos hombres que fueron distinguidos con este galardón y que siempre mantuvieron un estrecho vínculo con la ciudad: el poeta Vicente Aleixandre, Nobel de Literatura en 1977, y el científico Severo Ochoa, Nobel de Medicina en 1959. En las últimas semanas ha partido de la empresa Esirtu la iniciativa de instalar en un espacio público de la ciudad el texto del poema que Aleixandre dedicó a Málaga con el título 'Ciudad del Paraíso'. El directivo de la empresa, Mariano Vergara, ha afirmado que no se trata de colocar un atractivo turístico o un mero ornamento, sino de «la búsqueda de unas señas de identidad que nos enriquecen». El alcalde ha recogido la propuesta, que ha contado con numerosas adhesiones, y parece que en poco tiempo podremos ver en un lugar céntrico la composición que ha acabado identificando a nuestra ciudad.

De Vicente Aleixandre es de sobra conocida su breve pero intensa relación con Málaga, ciudad en la que residió entre los dos y los diez años, aproximadamente. El poeta sevillano dejó sus recuerdos plasmados en varios textos, en especial los relacionados con su amistad infantil con Emilio Prados, y, sobre todo, en su conocido poemario 'Sombra del Paraíso'. Su presencia en Málaga, donde según su testimonio 'nació a la luz', queda testimoniada por la placa que existe en la casa en la que habitó, en la antigua Alameda de Carlos Haes, hoy calle Córdoba. No hace mucho se recuperó el expediente académico que se conserva en los archivos del antiguo Instituto Provincial, cuya documentación nos permite acreditar fehacientemente algunos aspectos de su etapa malagueña. La carpeta contiene la solicitud en la que mostraba su deseo de 'sufrir' el examen de ingreso, firmada el 14 de mayo de 1908, con diez años recién cumplidos, que en su momento presentó acompañada de los certificados de vacunación, de vecindad y de nacimiento emitido por el Registro Civil de Sevilla. El examen tuvo lugar el 1 de junio en el Instituto de la calle Gaona y constó, como era habitual, de un dictado extraído del Quijote y de una operación aritmética, en este caso una multiplicación. Tanto el texto como la cuenta presentan correcciones, detectándose un error en la suma, que no fue obstáculo para que el tribunal, compuesto por los catedráticos Manuel Carballeda, José Estrada y Bernardo del Saz, le diera el aprobado. En marzo del año siguiente Aleixandre y su familia se trasladaron a Madrid, ciudad en la que completó los estudios de bachillerato entre ese año y 1913 en el Colegio Teresiano. Su padre, el ingeniero de ferrocarriles Cirilo Aleixandre, fue uno de los promotores de la construcción del Palacio de la Tinta como sede de la Compañía de los Ferrocarriles Andaluces.

Por su parte, el asturiano Severo Ochoa residió en Málaga durante su infancia y adolescencia y, según su propio testimonio, fue en su etapa de estudiante de bachillerato cuando se despertó en él su vocación hacia la investigación científica, lo que recordó a lo largo de su vida y le hizo regresar en varias ocasiones a su querido Instituto. Algo menos conocido es que ambos personajes pasaron por las mismas aulas con pocos años de diferencia. Y esas aulas eran las de una escuela o academia denominada 'Instituto Educativo e Instructivo de Málaga', que desde 1903 regentaba el maestro don Buenaventura Barranco en el primer piso de un edificio de la calle Sánchez Pastor, que también tiene fachada a la calle Granada. En una entrevista concedida en 1977 el propio Aleixandre recordaba su paso por esta escuela: «Pero verá usted: yo, en Málaga, en mi infancia iba al colegio de un maestro, don Buenaventura Barranco Borch, al que los niños llamábamos don Ventura. Parece que le estoy viendo, rodeado de chiquillos, con un puntero y dispuesto a señalar en el mapa los pueblos y ciudades y paisajes de España. Esa es mi memoria: unos grandes bigotes de la época y una bondad inagotable. Pues bien, allí estudié con el que había de ser compañero de la generación, Emilio Prados. Juntos íbamos al colegio cada mañana, por aquellas calles, por la plaza de la Constitución».

Por tanto, la pequeña escuela de don Ventura tuvo el honor de acoger en su aula -pues solo había una- a dos niños que, con el paso del tiempo, serían distinguidos con el premio Nobel. ¿No sería posible que una modesta placa o inscripción lo recordara en la fachada de esta casa? Si ya parece conseguido que el célebre poema de Aleixandre figure en las calles de la ciudad, no debe ser tan difícil dar visibilidad a tal mérito, del que pocos centros educativos españoles -existentes o desaparecidos- pueden enorgullecerse.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos