El último trabajo de Hércules

Menga, Viera y El Romeral, El Torcal y la Peña se sustentan cada una por separado pero lo que les da su Valor Universal Excepcional es, precisamente, que se entienden mejor juntas

Cuenta Florián de Ocampo, cronista de Carlos V, que Hércules .encontró una gran extensión de agua, a que unos montes situados al sur servían de dique (.) abrió una quebradura por la que las aguas se precipitaron en dirección al mar y una vez que hubieron descendido, bajó Hércules de la montaña, y para dejar memoria del portentoso hecho que acababa de realizar, clavó en el suelo veinticinco grandes lajas de piedra, en cuyo centro clavó tres, a modo de pilares, y cubrió el recinto con cinco enormes losas. Al marcharse Hércules para continuar persiguiendo a los hijos de Gerión, dejó aquí pobladores, quedando así fundada Antikaria.

Según este relato, Hércules construyó Menga después de crear el estrecho de Gibraltar en el transcurso de uno de sus trabajos, aquél en el que robaba los toros de Gerión, un rebaño situado en una isla en los confines del mundo. Estos trabajos le habían sido ordenados por el rey Euristeo que preocupado por si Hércules quería arrebatarle el trono, decidió deshacerse de él encomendándole doce trabajos cada cual más complicado.

Hércules no podía imaginar que quedaba una tarea por hacer, situar esa estructura ciclópea conocida como Menga en el Olimpo del patrimonio histórico: la Lista Representativa del Patrimonio Mundial. Para lograr sin duda el más complicado de los trabajos hubiera tenido que acudir a quien ya le ayudó en alguna de sus gestas previas: Atenea, diosa, entre otras cosas, de la sabiduría. Inscribir al Sitio de los Dólmenes de Antequera en la lista de Patrimonio Mundial ha necesitado, precisamente, del esfuerzo titánico de Hércules y la sabiduría de Atenea. Una sabiduría construida colectivamente desde hace miles de años.

Nuestro Hércules contemporáneo es la sabiduría de aquellas mujeres y hombres que construyeron los dólmenes y que no sólo tenían la tecnología necesaria para encontrar, trasladar y colocar las grandes losas sino que, además, poseían una percepción tan compleja del mundo, que lo materializaron haciendo invisibles trazos en el paisaje; trazos que aún perviven y que unen Menga con la Peña de los Enamorados, El Romeral con el Torcal, Viera con la salida del sol en los equinoccios y las tres estructuras atravesadas por un hilo invisible que las cose y las hermana en el tiempo y en el espacio. Los hombres y mujeres de estas comunidades jugaron con la geometría, con las estrellas, con los volúmenes, con la luz, con el espacio, con el sonido, con lo mítico y con lo humano. Menga, Viera y El Romeral, El Torcal y la Peña se sustentan cada una por separado pero lo que les da su Valor Universal Excepcional es, precisamente, que se entienden mejor juntas.

Nuestro Hércules contemporáneo es la sabiduría de investigadores e investigadoras de distintas universidades que, a través del estudio concienzudo de cada una de las estructuras, del conocimiento casi íntimo de cada uno de sus recovecos y desde disciplinas como la Arqueología, la Astronomía, la Geología, la Arquitectura, el Arte, la Geografía, la Historia. siguen escudriñando de forma ansiosa, expectante y emocionada cada una de las sinuosidades de Menga, cada una de formas geométricas dibujadas en Viera, cada una de las hiladas de piedra de El Romeral, cada uno de los diseños del abrigo de Matacabras en la Peña o cada pieza excavada en la Cueva del Toro en el Torcal.

Nuestro Hércules contemporáneo es la sabiduría de las personas que trabajan y nos gobiernan en las instituciones, que han sabido entender no sólo la naturaleza mítica de estos dólmenes, sino también sus ahogos. Que han ejercido su responsabilidad en su cuidado con eficacia y compromiso, que han visto la oportunidad única para Antequera, no sólo por los beneficios económicos que sin duda reportará sino, sobre todo, porque han logrado generar un sentimiento de identidad compartida en la ciudadanía sobre algo tan trancendente como es la memoria de quienes somos. Y la sabiduría que radica en el propio conjunto arqueológico, desde donde siempre se ha tenido claro que si enarbolamos el estandarte del conocimiento no hay posibilidad de fracaso; y la sabiduría de las personas que diariamente trabajan entre estos dólmenes guiando, cuidando, gestionando.

Nuestro Hércules contemporáneo es la sabiduría de la ciudadanía que, por fin y después de mucho tiempo, se ha apropiado de los dólmenes convirtiéndolos en lugares de referencia y de identidad, que con un gesto mudo ha gritado al mundo la excelencia del sitio, que ha construido dólmenes de papel, que ha inventado postres y tapas, y que ha colgado pancartas y banderolas en balcones y fachadas.

Por una felicísima coincidencia, en la propuesta de UNESCO, los Dólmenes de Antequera van de la mano de Le Corbusier, cuya obra también está a punto de ser reconocida como Patrimonio Mundial, el arquitecto que cuando vino conocer Menga, escribió en el libro de visitas «A mis ancestros». Si el Movimiento Moderno cambió para siempre la manera de proyectar y construir los edificios y los espacios para la vida, la arquitectura megalítica transformó los modos de entender el paisaje y cristalizó las relaciones de las comunidades prehistóricas con su entorno, dos formas innovadoras de entender la arquitectura separadas por miles de años. En un giro inesperado del destino Le Corbusier vuelve a encontrarse con sus ancestros. Sería feliz.

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