Lengua, norma y lenguaje no sexista

Las lenguas no se han construido regidas por la pura lógica, ni por tanto se ve necesaria la terminología 'no sexista' que desde hace algunos años se viene proponiendo

La lengua se hace en continua evolución y la nuestra desde sus mismos orígenes latinos está cambiando, entre la tradición y la innovacion. En los últimos años hemos visto cómo palabras agrícolas caían en el desván de los recuerdos, mientras otras iban adquiriendo carta de ciudadanía, no solo las de las nuevas tecnologías, y cómo usos gramaticales antes desconocidos o poco frecuentes se han hecho cada vez más familiares («las miles de personas», «se los dije», «hacen muchos años», etc.). Hoy mismo nuestro español está haciéndose historia, a lo que también parecen empujarlo algunos forzadamente cuando intentan sustituir el que llaman 'lenguaje sexista' por el 'no sexista'.

Sin embargo, la lengua no se deja ordenar fácilmente, porque sobre todo obedece a sus propias razones internas. Efectivamente, cualquier historiador de la lengua sabe que los cambios más importantes que la nuestra ha experimentado han nacido del fondo popular, sin guías superiores e incluso a veces hostigados por la opinión de los cultos: el mismo seseo, y nada digamos del ceceo, hasta no hace mucho era rechazado por la RAE. Se debe entender aquí qué es la norma en materia de lenguaje y cuál es su efectividad, porque si de la académica hablamos, parece ser que poco caso se le ha hecho en este caso. Todavía más, las mismas directrices académicas de carácter general no se imponen así como así; piénsese que la de no acentuar 'sólo' adverbio ni siquiera por todos los que son miembros de número de la Docta Casa es seguida. Y no estaría de más comprobar cuál ha sido la real suerte normativa de los muy prestigiosos 'dardos en la palabra' de Fernando Lázaro Carreter.

El español es el mayor bien común del mundo hispánico extendido a los dos lados del Atlántico, ha evolucionado y se ha enriquecido a lo largo de muchos siglos con el uso oral y escrito de numerosas generaciones de hombres y mujeres, estas las más importantes en su transmisión, por eso lo de 'lengua materna', y en su sistema o encarnadura estructural apenas han influido los mayores vuelcos sociales y políticos, como tampoco tuvieron notables consecuencias lingüísticas las revoluciones francesa y bolchevique, no en vano el idioma es propiedad de todos sus usuarios y del seno social las innovaciones surgen, en consenso no prescrito. Nuestros clásicos se regían por los más prestigiosos modelos de bien hablar y escribir, que ellos también conformaron en sus obras; era «el uso, que es árbitro, ley y norma del habla», según máxima horaciana, un modelo de selección y discreción lingüística socialmente aceptado. Los hablantes son, pues, los auténticos dueños del tesoro que nuestra lengua es y no ningún demiurgo del universo lingüístico.

De una parlamentaria andaluza en este periódico leo que los filólogos están en contra del 'lenguaje no sexista' por «una cuestión de economía del lenguaje»; pero son muchos más los actores sobre este escenario, los que han tenido la última palabra ante la ocurrencia de 'miembra', que no se ha expandido a pesar de su puesta en circulación mediática. Y estaría bien que se verificara, lo cual fácil es, qué verdadero grado de aceptación social han logrado reiterativos dobletes como el de 'españoles y españolas', no obstante su continua presencia en los medios y en boca de políticos.

Los rechazos explícitos, y el no declarado pero muy efectivo del común de los hablantes, no tienen que ver con la 'economía del lenguaje', sino con que no se aprecia sexismo discriminatorio en el empleo de voces inclusivas de los dos géneros, pues las lenguas no se han construido regidas por la pura lógica, ni por tanto se ve necesaria la terminología 'no sexista' que desde hace algunos años se viene proponiendo, y que en su continua reiteración resulta harto tediosa: ¿qué alumno, o alumna, podrá escribir después con ella poesía, novela o textos científicos que alguien lea? Porque, además, no es exactamente lo mismo 'los españoles' que 'la población española', en ciertos contextos referente a cuantos vivimos en España, ni 'tutores' que 'tutoría'; ni se ve por qué razón 'equipo directivo', sintagma masculino, tiene que sustituir a 'dirección', siendo ambos términos alternativamente corrientes en el lenguaje administrativo. Y desde luego para el discente es más cercano 'profesores' que el frío 'profesorado', hoy mayoritariamente formado por mujeres en varios niveles de la enseñanza.

Que 'andaluces' vaya a ser arrinconado por 'población andaluza' es más que dudoso, y aquí está el meollo del innecesario problema, que nadie tiene autoridad para determinar el uso lingüístico, y que quienes imparten o reciben docencia no pueden verse segregados del que impera en su misma comunidad. Tampoco es aceptable la desazonante situación de que un inspector pueda aparecer, por decirlo suavemente, en las aulas para comprobar si se dice «chicos, estaos quietos» o «chicos y chicas, estaos quietos y quietas», en un empeño irremediablemente abocado al fracaso.

En fin, si esto es así, como nuestra diacronía enseña, y si la lengua es la máxima expresión de la libertad, dejésmosla libre y no mediaticemos el trato entre alumnos y maestros, pues, como de otra parlamentaria andaluza en este diario he leído, mejorar, si a esto se le puede llamar mejora, «no es complicar la vida de los profesores». Que bastante tienen ya con lo suyo.