Hacer políticas de igualdad (no solo) con palabras

Si las mujeres nos convencemos de que somos tan dignas de ser sujeto enunciante como pueden serlo los hombres, al menos el 50% de la población hablaremos en femenino genérico

La importancia del uso del lenguaje no es un descubrimiento feminista. Bien sabemos que los cambios de sistemas y regímenes políticos han ido acompañados de cambios en el lenguaje. Por eso, se escribe sobre 'La lengua del Tercer Reich', por ejemplo. A mitad del siglo pasado, el lingüista Lloyd James Austin nos decía en su obra How to do Things with Words (Cómo hacer cosas con palabras) que hacemos uso de las palabras para describir y representar la realidad y que al enunciar somos capaces de realizar una acción, por eso con el habla no solo representamos la realidad sino que también actuamos sobre ella y podemos transformarla.

Yo no soy filóloga, pero si hago uso de la lengua. Por eso me he atrevido a participar en esta tribuna a cuenta de la polémica, la enésima, surgida en torno al lenguaje no sexista.

En mi opinión, habría que dejar claro que el lenguaje no sexista pretende modificar un sistema sexo/género que ha naturalizado los roles y las expectativas de comportamiento de mujeres y hombres, haciéndolas coincidir con el sexo, al que se le supone tener una realidad estrictamente biológica. La naturalización de la desigualdad es la cara oculta de la modernidad, la forma de justificar las relaciones jerárquicas en una sociedad que se dice democrática. El sistema sexo/género es la concreción de este proceso en materia de desigualdad en las relaciones entre mujeres y hombres. Que el contexto sociocultural en el que nos hemos educado ha sido androcéntrico es una hipótesis validada por las investigaciones histórico-sociales en las pasadas décadas.

El uso abusivo del masculino genérico ha sido fruto de ese modelo androcéntrico que ha tenido como consecuencias exclusiones, ocultamientos y discriminaciones que en el caso de la historia de la medicina y la ciencia han provocado no pocos problemas que, por razones de espacio, no puedo detallar aquí. Además, podríamos enumerar una larga lista de ejemplos de valoraciones sociolingüísticas peyorativas del femenino que, en realidad, pretenden una deslegitimación equivalente a la que se persigue cuando se ridiculizan las recomendaciones de lenguaje no sexista. El efecto, pretendido o no, de esas caricaturas que sirven de ejemplo a las personas que rechazan el lenguaje no sexista podría ser que la mayoría de los hablantes no acepten los cambios que se proponen y, así, queden condenados al fracaso. Nadie quiere parecer ridícula cuando habla en público; así que es más seguro seguir los consejos de las expertas y los expertos que aconsejan dejar las cosas como están. Pero si queremos acabar con estereotipos, invisibilizaciones y humillaciones, hemos de construir una lengua que enuncie de otra manera. Claro que no conozco a ninguna persona que defienda el uso del lenguaje no sexista que piense que con esto es suficiente para cambiar la realidad. Sin embargo, parece que ni las declaraciones que insisten en que la lingüística es solo uno de los aspectos de las políticas de igualdad, ni los esfuerzos conciliadores que proponen un diálogo que permita mejorar la realidad, logran convencer, y se sigue clamando contra las guías de uso de lenguaje no sexista. Sin duda, resultan cansinos los debates en torno al uso genérico de la lengua que con una periodicidad digna de estudio, con excusas variadas, se reabren. Preferiríamos dedicar nuestro tiempo a otros menesteres. Pero si hay tanta preocupación e interés por este asunto es que quizás sea clave.

Cuando se rechazan esas guías se alude a las reglas de eficacia y economía comunicativa. Ser eficaz puede significar ser lo más descriptivo posible. No es más descriptivo «los niños van al colegio» que «las niñas van al colegio». Si decidimos que «las niñas y los niños van al colegio», aun describiendo exactamente una realidad, es demasiado largo y no cumple con las reglas de la economía del lenguaje, yo optaré por «las niñas van al colegio». Si las mujeres nos convencemos de que somos tan dignas de ser sujeto enunciante como pueden serlo los hombres, al menos el 50% de la población hablaremos en femenino genérico. Acuérdense de que la Real Academia Española (RAE) aceptó términos como okupa o bloguero y se negó a eliminar otros como mariconada o judiada por razón de su extendido uso. Seguro que la RAE aplicará este criterio democrático a otros usos del lenguaje. Mi advertencia será la siguiente: cuando utilizo niñas se entenderá aplicable a personas de ambos sexos.

Además, como decía Austin, existen enunciados cuyo grado de eficacia se mediría en función de la capacidad que tengan para transformar la realidad. Así que, renuncio a ganar precisión y exactitud en pro de la economía expresiva y la transformación de la realidad. Definitivamente, me quedo con el femenino genérico. Eso sí, prometo no decir «las árbolas», sobre todo porque las feministas tenemos sentido común.