Problemas de la lengua

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

Estamos en los tiempos de lo políticamente correcto. No deja de ser una paradoja porque sin generalizar y, con todo respeto, no diré que los políticos no son decentes como uno profirió respecto de otro una tarde que habría sido mejor que nos hubiésemos ido al cine, por ejemplo, pero sí que son manifiestamente mejorables. Schumann, Adenauer, de Gaulle, Churchill, Maura, Cánovas del Castillo pasaron definitivamente a la historia. La corrección política me suena a mí algo así como hipocresía. Quiero mentarle a su madre pero, en cambio, le doy los buenos días. Las formas son esenciales, absolutamente esenciales, no en balde tenemos un genoma muy parecido al de los cerdos, con perdón, y en algo nos tenemos que diferenciar. Por eso, hay que guardarlas siempre pero de allí a expresar pensamientos distintos a los auténticos hay un trecho.

Nos hemos dado cuenta que nuestro hermoso idioma, el que hemos heredado de nuestros mayores y que estamos estropeando cada día, tiene un grave defecto. Los sustantivos y los adjetivos tienen número pero también, género. Mientras el hombre, el varón, mandaba y decidía, no había, aparentemente, problema. La mujer, con la pata quebrada y en casa. Esto ha cambiado pero el proceso no termina. Como ha dicho la Presidenta del Consejo General de la Abogacía Española, no lo hará hasta que el hecho de que sea una señora la jefa de todos los Abogados no sea ya noticia. Es verdad y me recordó el viejo cuento del perro mordido por el hombre. Esta irrupción femenina, bendita irrupción para todos los que creemos en la igualdad, como un derecho, no como una realidad estricta, ha puesto de manifiesto la dificultad.

El tema no es nuevo y ha sido objeto de sesudos estudios, como el de don Julián y de frases lapidarias como la de doña Carmen, por ejemplo. La Academia se ha pronunciado, no a gusto de todos (ni de todas, debo decir) y hasta de manifestaciones oficiales como el Plan para la Igualdad de Oportunidades de los Mujeres y sus recomendaciones del Ministerio, las Propuestas para evitar el sexismo en el lenguaje, la Comisión NORMA y demás hermanos mártires. Se han enzarzado los que de esto saben en retórica sobre el feminismo y el «masculinismo», el machismo frente al «hembrismo» y la exaltación del ridículo si se lleva la corrección hasta sus últimas consecuencias: la tortuga y el «tortugo», la araña y el «araño», la nutria y el «nutrio», la foca y el «foco» En esa línea del disparate, nuestra ciudad podría llamarse «Marbello» ya que, mar es femenino pero también masculino.

Hoy se recurre a la doble referencia que debe ser permanentemente recordada en el discurso porque al envalentonarse el que declama, a poco andar, después de dirigirse a los españoles y las españolas, se olvida y dice «todos», por ejemplo.

En los organismos oficiales se va imponiendo una forma de salir del paso. El Colegio de Abogados de Barcelona se llama ahora Colegio de la Abogacía de Barcelona, no sé si oficialmente pero sí, por lo menos, en su página web. Y ya desde hace un buen tiempo, el Colegio de Tortosa se llama Il-lustre Col-legi dAdvocats y Advocades de Tortosa. Estoy redactando unas modificaciones al Código Deontológico de la Abogacía Española y me las he visto moradas, es un decir: no tiene ningún matiz partidario, para no utilizar el sustantivo «Abogados» que en el que pretendo modificar aparece en cincuenta y tres oportunidades, creo. «Abogadas» no aparece. Y eso que, como siempre repito, este último término tiene su prosapia propia, desde, por lo menos, la segunda edición del Diccionario de Autoridades, por allá por 1770. Así que he propuesto y estoy seguro que no prosperará y será unos de los temas más discutidos la sustitución del nombre del profesional por el término «quien ejerce la Abogacía» que le quita elegancia al asunto pero evita la barra seguida de la a que me parece absolutamente inaceptable y peyorativo. Puestos así, sugiero que al signo ortográfico le siga la o. Me resisto a recurrir a la abominable duplicidad. Aunque de siempre, al comenzar un discurso se decía «señoras y señores» y a nadie le parecía mal. Y a la utilización de la neutra arroba, a pesar del reciente y prematuro fallecimiento de su impulsor.

Pero donde hemos llegado al no va más, yo creía que el record lo ostentaba aquella fugaz ministra que aprendió castellano en Guatemala, según decía, donde estuvo dos días, es en la alocución de otro padre de la patria.

Dijo el hombre al querer protagonizar una hazaña o reclamar algo, no recuerdo, «nosotros y nosotras». Estaba solo. Y se quedó tan campante. Yo me fui a acostar.