Mi última columna en SUR

Irse a la francesa sería una descortesía y tanto más después de veinte años aquí

TEODORO LEÓN GROSS

Hoy escribo mi última columna en SUR. Esto no es noticia, claro, sólo una despedida después de veinte años aquí. La fuerza de la costumbre es una de las grandes potencias del ser humano y veinte años, a pesar de Gardel, son muchos para esfumarse sin decir nada. Claro que es tentador hacer mutis por el foro discretamente, sin ruido, pero irse a la francesa es una descortesía -por eso en Francia dicen 'irse a la inglesa'- y mucho más después de tanto tiempo. Provoca un cierto vértigo repasar cuánto: el felipismo crepuscular aún mantenía el poder, Carlos de Inglaterra y Lady Di seguían casados, el Real Madrid no superaba el listón de su sexta Copa de Europa desde los sesenta, la pinza casi hacía naufragar el socialismo andaluz, Pablo Alborán acababa de entrar en el colegio... Ha sido un tiempo apasionante, de cambios formidables para Málaga, con un buen alcalde al que le faltó acertar en una retirada a tiempo («Vaya ironía, Paco, ¡al final me voy yo antes!»). En fin, son miles de columnas, miles de días con el lector.

Es esencial saber parar -una de las buenas lecciones del viajero Burton- y la clave es acertar cuándo. Nietzsche habla de «el arte difícil de irse en el momento oportuno». El caso es que en la próxima travesía de SUR no estaré embarcado; eso sí, le deseo toda la suerte al capitán y a la tripulación con la que ha sido realmente un privilegio compartir todo este tiempo. La vida es un jardín de senderos que se bifurcan; y el periódico toma esta vez una dirección distinta con lo que a mí me toca seguir otro rumbo. No hay que descartar, como sostenía Blake Edwards sobre las reglas de la comedia, cruzarse de nuevo en la ruta. En la comedia humana también puede suceder. Entretanto este es un momento vibrante para la ciudad y para todo el país, tanto que dan ganas de exclamar aquello del químico Gay-Lussac en su lecho de muerte: «Es una pena irse; esto empezaba a ponerse divertido».

Alfredo Landa me dijo una vez que los adioses están sobrevalorados y sobreactuados. Es cierto. Quizá haya que ver esto con naturalidad, bajo esa idea popularizada por el fútbol, sin más: un fin de ciclo. Claro que también es verdad que en el momento de las despedidas se comprenden mejor algunas cosas, con una perspectiva más clara que nunca sobre el valor de lo pasado. Por eso al despedirse, como sugiere Zweig en el adiós al poeta John Drinkwater, el corazón no sale indemne. Siempre es un trago amargo. Eso sí, ahora ya toca mirar al futuro, que es, como dice Woody Allen, el lugar en el que vamos a pasar el resto de nuestras vidas. Ojalá hubiera tenido uno aquella delicada capacidad para las despedidas de Madame de Sévigné, pero me temo que esa clase de retórica no es mi punto fuerte. Último mensaje desde el Mirador, al periódico y a los lectores: perdón por mis errores, y gracias por todo lo demás.

 

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